sábado, 27 de febrero de 2010

EL NIETO DE ANTÍGONA

El miércoles 23 de febrero, en la sede de Abuelas de Plaza de Mayo, una emotiva rueda de prensa escenificó el encuentro entre un hijo y su padre. El joven, Francisco Madariaga, había nacido en julio de 1977 durante el cautiverio de su madre a manos de los militares argentinos. A ella, Silvia Quintela, que había sufrido torturas en un campo clandestino de concentración, la asesinaron poco después del nacimiento e hicieron desaparecer. Al niño se lo apropió un militar.
Con los años, el maltrato y las humillaciones sufridas por parte de su supuesto padre hicieron sospechar al hijo de la desaparecida acerca de su verdadera identidad y fue su madre adoptiva, también víctima de la violencia machista del militar, quien acabó confesándole su verdadero origen. Con la sospecha de ser hijo de desaparecidos acudió a Abuelas de Plaza de Mayo, donde sus abuelas materna y paterna y su propio padre -Abel Madariaga- lo buscaban desde hacía treinta dos años. Fue así cómo dejó atrás el nombre de Alejandro Ramiro y los «años oscuros» y pasó a llamarse Francisco.
El hallazgo del «nieto 101» revela la profundidad de la herida abierta por el terror durante la dictadura argentina. Una herida aún abierta en el cuerpo de la sociedad civil argentina y que imposibilita una restauración plena de la armonía y la justicia en ella. Pero este hallazgo también revela el valor de unas madres y unas abuelas que no han cedido a la brutalidad ni al desaliento y continúan buscando, ya en el límite de su ciclo vital, a los hijos de sus hijos aniquilados por la barbarie mesiánica. Como Antígona, la heroína de Sófocles que por fidelidad a las leyes de la vida se enfrentó a las leyes del tirano, las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo siguen siendo un alto ejemplo ético para un país carcomido por la prepotencia del poder y la corrupción. El abrazo y las lágrimas del padre y del hijo nos dicen que no todo está perdido para hacer justicia y que otros hijos pueden reencontrar sus verdaderos nombres. Sus verdaderas familias.
Imagen: Francisco y Abel Madariaga. Foto AP.

sábado, 20 de febrero de 2010

LA CONJURA DE LOS NECIOS (II)

La conjura de los necios es más peligrosa de lo que la ciudadanía cree. Tras la mano de Dios maradoniana, artífice también de una invitación a la felación en rueda de presa, ahora se manifiesta el dedo de Aznar. Entre medio, prepotentes como Ahmadineyad con su escalada nuclear, payasos como Berlusconi haciendo chistes con los desaparecidos argentinos y así una larga lista de necios que gozan de grandes tribunas para estupidizar a la gente y someterlas a su pensamiento único.
El dedo de Aznar, ex presidente español, no es espontáneo. El dedo de Aznar antes se manifestó para designar a su sucesor y dejarlo todo «atado y bien atado», después para señalar a los «pancarteros» y ahora para indicar, desde ese corazón tan próximo a la fecalidad, el saco donde mete a sus oponentes.
Pero no hay que caer en la trampa. El dedo de Aznar tampoco es inocente. Fiel a su doctrina conservadora induce a mirarlo para no ver el sol. Este dedo, que Aznar dirigió a quienes le increpaban a la salida del aula magna de la Universidad de Oviedo, se alzó con la fuerza oscura del resentimiento y sacó a relucir de modo gráfico su verdadera catadura moral. Desde su necedad, este pobre hombre, había insultado al presidente de Gobierno llamándole pirómano y responsabilizándole de una España «en escombros». Este necio de sonrisa mezquina había reclamado para sí y los suyos la calidad de bombero, pasando por alto que él había sido uno de los incendiarios que promovió la guerra de Iraq y reactivó el odio entre los ciudadanos españoles al perder las elecciones no tanto por su fuego como por sus mentiras.

lunes, 15 de febrero de 2010

LA HUMILDAD DE ÁLEX DE LA IGLESIA

La posibilidad de que las cosas cambien es real. No sólo porque Álex de la Iglesia, presidente de la Academia Española de Cine, haya perdido treinta y cinco kilos y haya conseguido que Pedro Almodóvar vuelva a la casa que él preside, sino porque ha hecho visible un cambio de actitud. Su solicitud de humildad es quizás lo más radical que he escuchado desde los tiempos en que los hijos del mayo del 68 soñaban con llevar la imaginación al poder.
En su discurso, Álex de la Iglesia ha revelado a sus colegas y, a través con ellos, a todos los creadores, una verdad que en este contexto socioeconómico y en este tiempo es casi de perogrullo. Todos los creadores -cineastas, pintores, escritores, traductores, guionistas, etc.- son (somos) trabajadores. «Creemos que somos artistas, genios alternativos, creadores. Antes de todos eso, somos trabajadores», dijo De la Iglesia en la entrega de los Premios Goya.
El desconocimiento o descreimiento de la condición de trabajador de los artistas ha tenido hasta ahora consecuencias perjudiciales para la mayoría que no vive del glamour ni del pasacalle mediático. La soberbia, la vanidad y la errónea creencia de los creadores de estar por encima de los valores y las necesidades cotidianas se traducen colectivamente en el malpago de sus creaciones, el pirateo habitual de sus derechos, la inseguridad social, el maltrato fiscal, los contratos draconianos, etc.
La llamada de atención sobre esta realidad hecha por Álex de la Iglesia en el acto de entrega de los Premios Goya tiene que hacer reflexionar a creadores e intelectuales sobre la ineludible necesidad de cambiar de actitud, sacudirse la soberbia y ser más humildes. No somos elegidos, seres etéreos que pueden vivir del aire y por amor al arte. Los creadores somos trabajadores -del cine, de la música, del libro, del espectáculo, etc.- y como tales hemos de exigir la satisfacción de nuestros derechos y de las plusvalías de nuestra producción. Esta toma de conciencia es necesaria para que los egos cedan en beneficio de este colectivo de trabajadores que forman los artistas y todos aquellos que intervienen en la industria cultural.
Imagen: Álex de la Iglesia. Foto El País.

sábado, 13 de febrero de 2010

GARZÓN, EL JUEZ EN LA PICOTA

Las actuaciones del juez Baltazar Garzón no han pasado desapercibidas para nadie ni en España ni tampoco en el extranjero. Tampoco han dejado a nadie indiferente. Tales acciones infunden respeto en unos y temor en otros. Por esta razón no son pocos quienes lo tildan de juez estrella y tampoco son pocos los enemigos que ha ido dejando a su paso. Es posible que haya en su modo de actuar algo ególatra, pero nadie puede negar su amor por la justicia, su profundo compromiso con los derechos humanos y su férrea lucha contra el terrorismo, el narcotráfico y la corrupción.
Desde hace años muchos sectores del poder político y económico lo tienen como objetivo a destruir. Ahora parece que lo van a sentar en el banquillo acusado de prevaricación. Resulta llamativo que la última campaña para destruirlo y apartarlo para siempre de la carrera judicial se haya puesto en marcha justo después de querer enjuiciar los crímenes del franquismo y abrir la caja b del Partido Popular con el caso Gürtel. Ante esta reacción tan furibunda contra el juez que ha puesto la justicia española en el mundo como ejemplo en la lucha contra los crímenes de lesa humanidad, cabe preguntarse qué más hay en el fondo de esa oscura caja y a quienes estará haciendo temblar su actuación como juez.
Las acciones contra el juez Baltazar Garzón, ahora que han empezado, deben llegar hasta el final con el apoyo de la sociedad española, pues puede ser la vía que él ha estado buscando para renovar profundamente acaso el único poder del Estado que no ha seguido el mismo ritmo de democratización que los otros.

domingo, 7 de febrero de 2010

DINERO CAÍDO DEL CIELO

A veces es necesario darse y dar un pequeño respiro. Saltar al otro lado de la frontera y dejar que el espíritu goce, aunque arrastre hilachas de lo cotidiano, ecos de violencia y desamparo social. Que, pagado el peaje de la rutina, el aburrimiento y la desesperanza, la imaginación viaje a su antojo o encuentre una estación, un cine, un recuerdo feliz y allí se tire recobrando fuerzas para que el cuerpo sobreviva. Pienso ahora en aquel pobre tipo, que en los EE.UU. de la gran depresión, se mal ganaba la vida vendiendo partituras musicales por los pueblos y conoce una maestra que le enseña la felicidad y juntos descubren otros sinsabores, traiciones, porque nadie es bueno del todo, y sueños. Esta es la línea argumental de una película magnífica que, en 1981, dirigió Herbert Ross y que tenía como protagonistas a unos geniales Steve Martin, Bernadette Peters y Christopher Walken y que se tituló Pennies from heaven, título a su vez de una muy conocida canción que interpretaba, entre otros, Frank Sinatra.