domingo, 25 de abril de 2010

EL VELO DE LA INTOLERANCIA

La libertad individual, pilar de las sociedades democráticas, sienta el principio de respetar y ser respetado, lo cual determina pautas de conducta condicionadas por la comprensión y la tolerancia. 

Comprender al otro significa ponerse en su lugar y tratar de ver a los demás desde su perspectiva, mientras que tolerarlo es aceptar sin compartir su modo de ver el mundo y de actuar en él. El límite de la tolerancia -ideológica, cultural, religiosa- está determinado por el bien común y el respeto de todos y cada uno de los individuos. Dentro de estas fronteras, los ciudadanos de una sociedad democrática han de ser conscientes de que una convivencia armoniosa se asienta en un pacto tácito de respeto entre los individuos. El mismo pacto que ha hecho posible el contrato social sobre el que se asientan las democracias occidentales. 
La evolución de estas democracias puede medirse en la legitimación explícita de los derechos humanos en la Declaración de las Naciones Unidas y en las cartas magnas nacionales de gran número de estados. Pero más allá de lo enunciativo y del corpus normativo, la complejidad de la realidad cotidiana plantea no pocos problemas que pueden resolverse aplicando el principio de respeto a las libertades y derechos individuales (a la vida, a la integridad personal, de expresión, de asociación, de igualdad ante la justicia, etc.). Esta aplicación sólo requiere sentido común, sensatez y coherencia de los individuos y de las instituciones, para convivir armoniosamente. 
Todos los grupos humanos tienden a buscar signos distintivos -nacionales, religiosos, políticos, deportivos, barriales, profesionales, etc.-, para reconocerse y que conllevan también hábitos y costumbres específicos. Tales signos no han de entenderse como pinturas de guerra, porque necesariamente no lo son. Son señas de identidad y como tales han de ser respetadas. 
El argumento de que el velo de la mujer musulmana debe ser prohibido porque es signo de su sometimiento es falaz, porque prohibir su uso es conculcar su derecho a usarlo. A nadie se le ocurre prohibir a un hincha  del Barcelona vestir una camiseta de este equipo en Madrid y ni siquiera en su colegio; a nadie se le ocurre prohibir que alguien lleve colgado un crucifijo del cuello porque puede ofender a un musulmán, a un budista o a un sij; a nadie se le ocurre prohibir que los jóvenes vayan a clase con un piercing en la oreja, la boca o el ombligo o con sus pantalones caídos. 
Es igualmente falaz el argumento que defiende las prohibiciones porque los países de origen de quienes llevan indumentarias identitarias son social y culturalmente intolerantes. El grado de democracia de las sociedades evolucionadas se mide por la coherencia en el reconocimiento y aplicación de sus principios fundamentales dentro de sus propias fronteras, más allá de las cuales sólo pueden procurar ejercer su influencia civilizatoria. La autoridad moral y ética de una sociedad genuinamente democrática determina que sus ciudadanos e instituciones actúen siempre de acuerdo con sus propias leyes y cultura respetando la libertad, la cultura y las tradiciones de aquellos individuos y grupos que viven en su seno independientemente de sus orígenes sociales, su raza o su religión. El límite del respeto, la comprensión y la tolerancia al otro se alcanza cuando los individuos o grupos, en nombre de sus tradiciones culturales y religiosas, atentan contra la integridad física y la dignidad de los suyos.
Imagen: Novicias católicas de la Congregación Obispo Alois hudal. Foto: FSSPX. Distrito América del Sur.

martes, 13 de abril de 2010

EL SALARIO DEL AMOR AL ARTE


En el imaginario popular, los artistas han de vivir del aire y por amor al arte. Sobre esta creencia se ha sustentado una brutal campaña contra los derechos de autor y la propiedad intelectual. 

Algunos ideólogos ultraliberales -Stephan Kinsella, Joost Smier- defienden la desaparición de los derechos de autor y de la propiedad intelectual para reducir los costos de producción de los productos culturales negando el principio de originalidad. Sobre estos supuestos principios erróneamente vinculados a la libertad de expresión y el derecho a la información, algunos grupos de internautas reclaman la gratuidad de los contenidos culturales por el simple hecho de aparecer en la red. 
Estas argumentaciones han abierto la caja de los truenos y muchos artistas parecen haber tomado conciencia de la naturaleza de su trabajo y han comenzado a reflexionar sobre los aspectos profesionales y sobre sus relaciones con las distintas industrias que explotan sus producciones artísticas. Esta toma de conciencia ha hecho aflorar a la superficie el desamparo social y laboral de miles de creadores, cuya situación es equiparable a la de un obrero textil del siglo XVIII. 
La mayoría de los trabajadores artísticos va constatando que las condiciones en las que desarrolla su labor creativa no son las de un trabajador independiente y autónomo [lo es sólo en tanto creador] sino las de un trabajador en relación de dependencia encubierta. Esta relación laboral espuria es la que determina los abusos empresariales, los contratos draconianos y la incomprensión social. Sobre estos supuestos, y no obstante la precariedad de sus trabajos y los largos tiempos de elaboración de sus creaciones, no son considerados profesionales y los gastos de producción y las cargas sociales e impositivas recaen exclusivamente sobre ellos, redundando negativamente en sus economías domésticas. 
A fin de paliar esta situación, grupos de artistas españoles - escritores, traductores, guionistas, bailarines, escenógrafos, coreógrafos, bailarines, creadores audiovisuales, ilustradores, etc.-  a través de sus asociaciones más representativas han constituido la PECA (Plataforma Estatal de Creadores y Artistas) con el propósito de redactar un Estatuto del Artista y exponer su problemática y la necesidad de una legislación que ampare no sólo sus derechos artísticos sino también sus derechos como trabajadores.
Imagen: En tiempos de crisis (Funambulista 1), de Raquel Bullón.

viernes, 2 de abril de 2010

RISUS PASCHALIS


Durante la alta Edad Media, en la Europa germánica, los sacerdotes, mientras celebraban la misa pascual, tenían por costumbre divertir a los fieles diciendo y haciendo chistes y gestos obscenos ante el altar. Esta costumbre era conocida como risus paschalis. La risa y el sexo eran expresiones naturales de la vida de aquellas gentes que no hubiesen entendido una religión que las marginara. 
Jesús, aceptemos su realidad histórica o su ficción mística, fue acaso el primero en proponer la noción de amor al prójimo y exaltar el gozo de la vida y muy probablemente por este motivo fue perseguido, torturado y muerto por las fuerzas más reaccionarias de su época. El cristianismo, a lo largo de los siglos no sólo olvidó el mensaje original de su mentor, sino que centró en el dolor y el sacrificio el camino de la salvación de las almas y, sustituyendo el pez, expresión del alimento espiritual, elevó a la categoría de símbolo el instrumento de la tortura, la cruz.
Bajo el estandarte de la cruz se libraron las cruzadas, las guerras de religión fratricidas, las persecuciones inquisitoriales y la ambición ecuménica de prevalecer sobre almas y territorios. En esta dinámica de poder, los fines han justificado los medios y ello ha permitido no sólo acumular fabulosas riquezas, cuya ostentación resulta insultante frente a la pobreza de los desamparados que la Iglesia dice proteger. La hipocresía connatural del ejercicio del poder terreno la ha llevado a ignorar las leyes civiles, condenando o protegiendo según su conveniencia, amparada por su soberbia influencia sobre la conciencia de millones de personas. Para ella, por ejemplo, es un crimen el aborto legal y sólo un pecado la pederastia, que es un delito civil. 
El espectáculo de las procesiones de Semana Santa, con el desfile de imágenes sangrantes, de encapuchados, como verdaderos fantasmas del horror, y de penitentes azotándose, constituye una verdadera exaltación del dolor, que ni el sábado de gloria puede aliviar. Cristo no aceptó el sacrificio y protestó ante su padre. Cristo se entregó resignado a la tortura de morir crucificado como un delincuente, porque sus fuerzas de hombre nada podían hacer ante el poder del sistema religioso ante el cual se enfrentó. 
Las procesiones de Semana Santa, que nacieron en la Edad Media con un fin didáctico, han estado y están orientadas no sólo a recordar el sacrificio de Jesús, sino también a inculcar en las almas la inutilidad de luchar contra el poder constituido, al cual, desde los tiempos de Constantino, la Iglesia ha estado vinculada.   

Imagen: La procesión, de Francisco de Goya - Vídeo: secuencia de la película Amici mei, de Mario Monicelli.