viernes, 30 de diciembre de 2011

LOS DERECHOS DE AUTOR EN EL «NUEVO MUNDO»

Los conceptos de propiedad intelectual y de derechos de autor vienen siendo cuestionados con el pretexto de la libertad de acceso y disposición de los contenidos que, supuestamente, concede Internet. Para muchos internautas la red no es un mero soporte tecnológico sino el principal «paradigma» de un idílico «nuevo mundo», que representa la panacea de la gratuidad y la felicidad futuras.

La vertiginosa irrupción de las nuevas tecnologías en la vida cotidiana ha suscitado no pocos trastornos adaptativos y de percepción de la realidad en la sociedad. Esto ha dado lugar a que muchos consideren, por ejemplo, a internet como la panacea del conocimiento porque a través de la red puede consultar la localización de un país del que unos segundos antes no tenían noticias de su existencia o acceder a la información básica de cualquier disciplina científica o género artístico con solo pulsar un botón de su ordenador. La simplicidad de este gesto les ha hecho pensar por un lado de que "ya saben" la materia y por otro a confundir la "facilidad de acceso a la red" con "libertad concedida por la red". De esta confusión surge la exigencia al derecho a la gratuidad de todos los contenidos. 
Pero estos internautas ignoran [en realidad todo se reduce a la ignorancia] de que el soporte de papel ya brinda esa gratuidad para los contenidos que, según los plazos establecidos por la ley, se consideran de "dominio público". Ignoran de que el cambio de soporte no significa cambio de sistema económico y que hasta el día de hoy el sistema que rige todo el planeta es el capitalista. Por lo tanto, no puede ignorarse, que los bienes artísticos y culturales también son susceptibles de la compra-venta, pues los creadores son propietarios intelectuales de sus obras y, por tanto, acreedores de los derechos de autor que ellas generan. Y esto será así hasta que el capitalismo no sea abolido y sustituido por un sistema que aún permanece en la utopía.
Lo que algunos llaman ingenuamente «nuevo mundo» regido por también nuevos paradigmas probablemente estén hablando de lo que algunos sociólogos -Peter Drucker, Daniel Bell, Alvin Toffler, André Gortz, etc.- llaman «sociedad del conocimiento». Esta sociedad, que sería una fase de la sociedad posindustrial, estaría caracterizada por el predominio del trabajo intelectual sobre el manual. En el marco de esta sociedad «el conocimiento es lo que se conoce objetivamente, una propiedad intelectual, ligado a un nombre o a un grupo de nombres y certificado por el copyright o por alguna otra forma de reconocimiento social (por ejemplo, la publicación). Ese conocimiento tiene su precio; en el tiempo empleado en escribir e investigar; en la compensación monetaria por los medios de comunicación y de educación [...] El conocimiento forma parte de las altas inversiones sociales», apunta Bell en Las contradicciones culturales del capitalismo (Alianza Universidad, 1977). Esto significa que el amor al arte es un subterfugio utilizado por el poder y difundido por los románticos para chantajear y explotar a los creadores que viven de sus creaciones y de sus conocimientos.
El proceso hacia esa «sociedad del conocimiento», en el que juegan un papel importante los avances científico-tecnológicos, también lleva aparejadas profundas transformaciones sociales, entre las cuales ya es perceptible el mayor peso del conocimiento -científico, tecnológico, humanístico- sobre la habilidad manual como valor de cambio para la nueva clase trabajadora. De modo que al hablar de propiedad intelectual en este caso es hablar del servicio que el trabajador ofrece, y hablar de derecho de autor es hablar de salario adecuado a la naturaleza abstracta de un servicio convertible en un aparato, un medicamento, un libro, etc.
Ahora bien. Cabe preguntarse el por qué de la campaña orientada al menoscabo de la propiedad intelectual y la desaparición de la figura del autor. Marcuse en El hombre unidemensional (Ariel, nueva edición 2010) se pregunta -pensando en el carácter perverso del sistema- si la amenaza de una catástrofe nuclear capaz de aniquilar la raza humana no sirve también «para proteger a las mismas fuerzas que perpetúan este peligro». Según él, el sistema induce a la población a una «Conciencia Feliz», que es «la creencia de que lo real es racional y que el sistema entrega los bienes». Si seguimos esta línea de pensamiento, vemos cómo desde los medios de comunicación y los centros de poder opacos se incentiva a esa nueva fuerza fáctica del «nuevo mundo» que son los internautas a reclamar la gratuidad de los contenidos en detrimento y proletarización de los trabajadores intelectuales, pero al mismo tiempo las grandes corporaciones tecnológicas de la información y contenidos, van tomando posiciones y apropiándose masivamente de los derechos de autor y de las obras, incluidas los de dominio público, para gestionarlos en exclusividad en el futuro.¿Es esto lo que quieren los piratas y los defensores del copyleft? ¿Es esto lo que quieren los profetas del «nuevo mundo» y sus paradigmas? ¿Cuánto tiempo tardarán dichas corporaciones en imponer su dictadura, cobrar el peaje a todos los accesos e imponer contenidos que sólo respondan a sus patrones ideológicos? 

sábado, 17 de diciembre de 2011

LA REVOLUCIÓN ES POSIBLE

Mientras los poderes fácticos del capitalismo parecen haber tomado el control de la economía mundial y estén situando a sus representantes en los puestos de gobierno y bancos nacionales, la población asiste azorada e impávida al derrumbe del Estado como institución en la que los pueblos habían depositado su soberanía.

La tradición jurídico-política que empieza con el pensamiento humanista del Renacimiento perfiló el Estado como entidad capaz de articular la sociedad y permitir que los individuos -«el hombre es un lobo para el hombre», escribió Hobbes- viviesen en armonía. La evolución de esta idea se enmarca en la historia moderna de Occidente que, dejando atrás el mundo mítico medieval y su correlato social y político, el feudalismo, instaura bajo el patrocinio de la razón la autonomía y soberanía del individuo y, consecuentemente, al pueblo como fuente del poder político. Un poder político que, mediante un contrato social, es ejercido por unos representantes en el marco institucional del Estado. 
Sin embargo, el liberalismo, que inicialmente propició el desarrollo del sistema democrático, utilizó los principios humanísticos básicos de la Ilustración proclamados por la Revolución francesa -libertad, igualdad, fraternidad- para impulsar un tipo de civilización sustentada exclusivamente en el orden económico. La idea de libertad del liberalismo no la determinan las leyes que ordenan y armonizan las conductas individuales en el contexto social, como postula la tradición republicana, sino los mismos individuos, lo que supone legitimar la ley del más fuerte y sus intereses particulares. 
Es sobre esta línea del pensamiento liberal que, tras la caída del bloque soviético y, desaparecida la amenaza del comunismo, el neoliberalismo se revolvió contra las versiones más humanísticas del liberalismo, como el keynesianismo, y emprendió un furibundo ataque a la noción de Estado, al que presenta como «obstáculo  para la libertad», convirtiéndolo con este pretexto en mero gestor de sus intereses. Como resultado de ello, la política, entendida como el conjunto de acciones y conductas destinadas a proteger a los ciudadanos y cuidar de su bienestar procurándoles la paz y la felicidad, ha cedido al poder de lo económico y dado lugar a la emergencia del mercado como sustituto del Estado.
Esto explica la impotencia de los gobiernos para neutralizar los «ataques de los mercados» a las economías nacionales. La clase política no sólo carece de recursos y de poder para cumplir con los términos del contrato social, sino que gran parte de ella ha sido infiltrada por los burócratas del poder económico-financiero que gobierna de facto el mundo. La soberanía popular, verdadero sustento de la democracia, y la soberanía nacional, extensión particularizada de aquélla, han sido sobrepasadas por las élites de la violencia  y las fuerzas  de un capitalismo salvaje que controlan casi todas las instancias del poder político.
Desde este punto de vista cabe preguntarse si de verdad es esto una crisis sistémica o si es la última fase de un proceso que conduce a la toma del poder absoluto, para instaurar un régimen totalitario, cuyos dirigentes  parecen invitar a la guerra, como lo hicieron sus antecesores en las Primera y Segunda guerras mundiales.
Entonces ¿qué hacer? Seguramente muchos mirarán el movimiento de indignados y buscarán en él alguna respuesta. Pero no encontrarán nada, salvo un malgasto de energías y voluntades que no tienen consecuencias prácticas [¿qué incidencia han tenido en las últimas elecciones españolas?, por ejemplo], por la sencilla razón de que esa legítima indignación que los mueve también está condicionada y sometida por la idea de que, finalmente, toda lucha es inútil y que no hay salida. Por esto, para hacer, para recuperar la autoestima ciudadana y la soberanía popular, es necesario volver a creer en la política y que ésta, la política, vuelva a prevalecer sobre la economía; empezar por democratizar los partidos políticos trabajando desde dentro de ellos; procurar transformar nuestro entorno inmediato y, sobre todo, autoconvencerse de que las revoluciones son posibles.