lunes, 20 de abril de 2020

LIBERTAD Y RESPONSABILIDAD

El confinamiento obligado por la pandemia que azota al mundo obliga más que nunca a apelar a la responsabilidad. Los medios de comunicación y las redes sociales son los cauces por donde fluyen información y opinión, cuyos caudales torrentosos tienden a sembrar el caos antes que llevar serenidad y seguridad a las personas. La libertad a la que todo ciudadano tiene derecho no es una patente de corso para decir lo que se quiere sin la garantía del conocimiento y de la rectitud.




Al parecer fueron Platón y Aristóteles los primeros en reflexionar sobre la noción de  libertad y desde entonces los filósofos no han dejado de hacerlo dejando tras sí dos concepciones fundamentales. Una de ellas entiende la libertad como un derecho natural del ser humano y la otra como una forma de no dominación, de acuerdo con la cual una comunidad puede regirse sin interferencias de otras comunidades y en cuyo seno los individuos obran acordes con leyes propias.
La primera es la que sustenta la tradición liberal, que al interpretar la libertad como un derecho natural del individuo sostiene que no cabe poner interferencias a su voluntad, de modo que las leyes deben favorecer tal voluntad. Por su parte, la libertad de cuño republicano parte de la idea de no dominación de unos individuos sobre otros, lo que viene a significar que la libertad individual no existe en sí misma sino como expresión de la libertad colectiva considerada como un todo.
Ahora bien, desde la Revolución industrial del siglo XVIII, cuyos correlatos políticos fueron las Revoluciones estadounidense y francesa, acabó imponiéndose la concepción liberal como sostén ideológico del capitalismo. Por este camino se adoptaron principios del darwinismo social que acepta las desigualdades sociales o el racismo para justificar el expansionismo, primero colonial y luego imperialista. Es así que, en el contexto contemporáneo dominado por la corriente liberal, la libertad política se plantea a partir de la espacialidad determinada por el desarrollo económico y la hegemonía cultural y política de una clase o de un Estado en detrimento de las virtudes cívicas y de la justicia, las cuales son convertidas en mecanismos para incrementar los beneficios de las grandes corporaciones o de los llamados “mercados”. Este vaciamiento de las virtudes ciudadanas –amor al semejante, a la patria, respeto a las leyes- está orientado a crear  un sistema de prácticas morales más adecuado a la moderna sociedad mercantil. Desde esta perspectiva se observa cómo los derechos individuales, entre ellos los de expresión u opinión, se degradan progresivamente minusvalorando otras virtudes, como la prudencia, la responsabilidad, el respeto al otro.
Si a mediados del siglo pasado, la sociedad de control –concepto acuñado por Michel Foucault- se valía para los propósitos del poder de los medios de comunicación de masas utilizando lo que los filósofos de la Escuela de Frankfurt llamaban “razón instrumental”, piedra angular de lo que acabaría por llamarse “pos verdad”, entrado el siglo XXI, sumó a sus herramientas instrumentales a millones de individuos, especialmente a través de las redes sociales, que creen estar haciéndose oír y valer sus “derechos naturales”.
En este marco de alienación individual, desorden social, banalización del saber y desconocimiento del valor de la comunidad como grupo humano, la razón y el pensamiento reflexivo han perdido terreno frente al subjetivismo, la relatividad y, especialmente, la ignorancia. Sobre estos pilares, las “percepciones” se anteponen a las experiencias científicas y a las evidencias biológicas y geográficas. Desde tales “percepciones” se niegan la degradación del clima y de los ecosistemas naturales, e incluso la esfericidad de la Tierra o se afirma que los sexos del ser humano son “construcciones culturales”. 
Cualquiera, sin más saber que el procedente de su “percepción”, opina, poniéndose por encima o a la altura de los especialistas,  sobre cualquier materia o asunto, sean éstos de  física cuántica, medicina, fútbol, y hasta sobre la lengua que hablamos procurando “nuevos lenguajes” que enuncien y representen las particularidades y las realidades percibidas. Así, sin pudor, rigor ni responsabilidad, opiniones que no deberían trascender los límites de una charla privada o discusión de bar son elevadas a la categoría pública provocando réplicas dañinas que, al mismo tiempo que degradan los derechos individuales, corrompen la libertad y socavan los cimientos éticos de nuestra civilización también, en casos como el de la pandemia del Covi19, ponen en peligro la vida de millones de personas.

Por todo esto es fundamental que la persona libre desarrolle su lucidez y su inteligencia crítica y se haga preguntas simples, propias de una mente libre, capaces de apartar de su pensamiento la charlatanería de los irresponsables; preguntas que la rescaten de las sombras y devuelvan la comunidad a la luz.

lunes, 28 de enero de 2019

EL INSOPORTABLE RUIDO DE LA IGNORANCIA

¿Es realmente la lengua culpable de la inequidad y la violencia sociales que impiden el rol igualitario de la mujer o el llamado lenguaje inclusivo es un recurso funcional al poder que actúa facilitado por la ignorancia y la confusión?



Hasta el siglo XVII, haciendo una extrema simplificación, podría decirse que en el mundo no había más ruido que el producido por las espadas, las lanzas, las bombardas y el galope de las caballerías en los campos de batalla. Sin embargo, a partir del siglo XVIII, con la Revolución industrial el ruido de las máquinas se sumó a aquél de modo permanente en las ciudades dando lugar al surgimiento de la cultura del ruido. Esta cultura se fue naturalizando hasta trascender a todos los sectores de la actividad humana, incluidas las expresiones artísticas, arquitectónicas, literarias, etc. Ahí están a modo de ejemplo, las producciones barrocas, realistas, naturalistas, románticas…que fueron empujando el silencio hasta arrinconarlo durante algún tiempo al ámbito de la ruralidad. Así, este farfullo del mundo fue creciendo y acostumbrando a él el oído humano hasta que el propio grito humano parecía inaudible, según sugiere Edvar Munch en su célebre cuadro.
Ya en el siglo XX, las dos guerras mundiales, al mismo tiempo que la brecha entre la ciencia y el espíritu se hacía más profunda,  no hicieron sino acrecentar ese ruido hasta provocar en la sociedad una gran perturbación que afectó al pensamiento y al modo de pensar y percibir la realidad del mundo y de todos y cada uno de los individuos sin distinción de sexos. Esta perturbación del pensamiento como signo significativo de la decadencia de la civilización se verifica principalmente en la lengua.
En 1946, ya en la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, George Orwell escribió “La política y el idioma inglés”, que inicia afirmando: “Nuestra civilización está en decadencia y nuestro lenguaje -así se argumenta- debe compartir inevitablemente el derrumbe general”. En este breve y lúcido ensayo, Orwell aclara que las causas de esta decadencia que afecta al lenguaje son políticas y económicas, y que ese lenguaje degradado retroalimenta la decadencia general de la civilización. Según Orwell el lenguaje es “tosco e impreciso porque nuestros pensamientos son disparatados, pero la dejadez de nuestro lenguaje hace más fácil que pensemos disparates”. Producimos el ruido que nos aturde porque estamos aturdidos.
Pero ¿en qué consiste la dejadez del lenguaje? La respuesta es tan sencilla como evidente. La dejadez es el desaliño estilístico, el uso de imágenes trilladas, la imprecisión, la pobreza léxica, el uso de adjetivos ampulosos o meramente ornamentales, la utilización indiscriminada de frases verbales en lugar de verbos simples, el empleo de una dicción pretenciosa o grosera. Esta dejadez, que da lugar a un discurso o un texto donde lo concreto y significativo se pierde, tanto en el habla como en la prosa, es lo que provoca un latente y difuso malestar espiritual, como síntoma de la impotencia del individuo para comunicarse con el otro con fluidez. La extensión de lugares comunes, muletillas, extranjerismos sustitutorios, metáforas hueras, desorden sintáctico, torpeza prosódica, etc., empobrecen y reducen toda lengua a un estado de farfullo mecánico y funcional que entorpece la comunicación y abotarga el pensamiento.
Ya en la década de los sesenta, cuando la Guerra Fría alcanzó altos niveles de confrontación ideológica, desde los centros de poder occidentales, especialmente desde los EE.UU., comenzaron a verificarse serios intentos de manipulación de la realidad a través de los medios de comunicación de masas, que aplicaban lo que los filósofos de la Escuela de Frankfurt llamaron “razón instrumental”, según la cual el objetivo prevalece sobre los medios utilizados para llegar a él.
Como parte de esta manipulación de la realidad y como uno de los recursos de ocultación de la extrema violencia que generaba la confrontación ideológica, se impuso como fórmula “civilizada” de conducta social lo que se dio en llamar “corrección política”. A partir de este momento, el nombre de las cosas fue sustituido por eufemismos que vaciaron o suavizaron sus significaciones, especialmente en aquellos que expresaban con crudeza la brutalidad de la guerra ideológica que se libraba. De este modo, la tortura fue equiparada a abuso o exceso, a la vejez se le llamó tercera edad, a la ceguera, incapacidad visual, a las bandas parapoliciales o paramilitares, grupos de tarea, a la dictadura, proceso, al asesinato, retiro o jubilación, etc.
En un vasto contexto de falseamiento de la realidad, en la Argentina de la Dictadura, las bandas paramilitares que secuestraban, asesinaban y robaban siguiendo un plan de exterminio sistemático de opositores fueron llamadas «grupos de tareas», «secuestrar» se dijo «chupar» y «chupadero» designó al campo de concentración clandestino, a donde iban a parar las víctimas de la represión condenadas a «desaparecer», es decir al asesinato. La movilización internacional que denunció la tragedia que vivía el país fue tomada por la Dictadura y gran parte de la sociedad argentina como una grave «injerencia extranjera» en los asuntos internos nacionales, al tiempo que se proclamaba con jactancioso orgullo “somos derechos y humanos», ese escandaloso eslogan con el que “la argentinidad”  que prefiguraba el «yo, argentino», equivalente a lavarse las manos, pretender no saber nada, no tener responsabilidad ni compromiso, pretendió ocultar la trágica realidad.  Así, estas dos expresiones que consagraban la cobarde y estúpida fatuidad civil de gran parte de los argentinos eran tomadas como definiciones de la identidad  nacional. Con la restauración democrática, la lengua no escapó ni a las secuelas del horror ni al sentimiento de impunidad. Surgió así una lengua degenerada al servicio del fraude, el disimulo, la corrupción y el sensacionalismo.

En los años ochenta, cuando el mundo occidental era gobernado por un triunvirato ultraconservador -Wojtyla, Thatcher, Reagan-, se trató de imponer a través de la lengua una «corrección política» que atenuara u ocultara con un habla impostada los excesos de su política. La realidad del mundo occidental debía aparecer idílica frente a la realidad del mundo comunista, ya en franca caída. Así, el Estado de bienestar, que ahora se está desmantelando, fue concebido como una vasta operación propagandística.
Tan brutal ataque ha supuesto  una extraordinaria conmoción en el modo de ver y pensar el mundo y el lenguaje que debe expresarlo no ha salido indemne. La lengua quedó desguarnecida y muchos, en su confusión, han creído que en ella está el origen de sus males. Aunque inconsciente quizás y de forma menos sofisticada, la misma actitud conservadora estos grupos de supuesta progresía pretenden «modificar» la realidad en consonancia con sus aspiraciones forzando caprichosamente formas, sonidos y otros elementos del sistema lingüístico. En consecuencia, grupos o colectivos que se sienten  marginados de la realidad enunciada, incapaces de ver o imaginar el verdadero camino para concretar sus reivindicaciones o reclamar sus derechos a una sociedad más justa y equitativa, se han sumado a los ataques contra la lengua impulsados desde el poder dominante aumentando su fragmentación y, por tanto, la división de una sociedad, ya excluida de la vida política por el lenguaje economicista, en colectivos que hablan o pretenden hablar su propia jerga con pretensión de lenguaje. Quiero decir que si no hay inclusión en los lenguajes academicista, economicista, científico-tecnológicos tampoco la hay en el llamado lenguaje inclusivo, hijo natural de la “corrección política”. Las revoluciones no empiezan por el sustantivo ni tampoco por la mera enunciación de lo revolucionario, sino por un cambio profundo, individual y colectivo, en los modos de pensar y actuar. Recién cuando estos modos hayan madurado se producirán los cambios en el habla que, consecuentemente, asumirá la lengua en su sistema, pero no antes.

Por un lado la globalización impulsada por el capitalismo neoliberal y por otro las políticas perversas de control  y represión social generadas durante la Guerra Fría e intensificadas tras los atentados del 11-S han sembrado de minas el campo semántico del lenguaje con la inestimable colaboración de la clase política y de los medios de comunicación, acentuando la inestabilidad y la confusión en el sentido de las palabras. Desde  esta perspectiva, vocablos o conceptos como estado, nación, soberanía, familia, empleo, tortura, etc., aparecen vaciados de contenido y no dicen lo que se supone que dicen porque sus límites semánticos han sido relativizados y tornados difusos. 

Así, el  concepto de Estado, y concretamente el de Estado-nación, ya no define el marco en el que determinadas comunidades encuentran su identidad y, en consecuencia, la tradición, la historia, la cultura y los usos propios y comunes, sino un territorio subsumido por una entidad mayor que puede ser un Estado transnacional -la Unión Europea, por ejemplo, o la ONU-, o esa perversa abstracción denominada  “mercado”. Estas grandes corporaciones, institucionales o políticas, han reducido la jurisdicción política de los Estados vulnerando su soberanía en favor del poder económico transnacional, cuyas reglas no atienden a las necesidades humanas sino a la dinámica concentracionaria del capital. Por este motivo, los parlamentos nacionales ya no legislan a partir del mandato de los ciudadanos sino de las instrucciones del poder supranacional, lo que hace que la palabra “soberanía” -nacional o popular- quede vaciada de contenido.
Este desplazamiento del campo semántico de muchas palabras constituye acaso uno de los mayores dramas que vive la humanidad en el presente, porque siembra la confusión y el ruido, clausura el entendimiento, bloquea la inteligencia y dificulta la convivencia entre los seres humanos. El desconocimiento de la sintaxis, la ortografía, la pobreza del vocabulario y las dificultades para expresarse de modo coherente que se observan tanto en el habla cotidiana como en los comentarios de los lectores en los diarios o en artículos, noticias y reportajes de los medios de comunicación, escritos, radiofónicos y televisivos, y en éstos la manipulación informativa, más la popularización de las redes sociales en las que cada uno se siente con poder y conocimientos que no tiene, son síntomas que revelan una mala praxis educativa y una perversa política de alienación y narcotización de la sociedad.

Una sociedad anodina y culturalmente yerma es campo propicio para un discurso político reducido a la expresión de eslóganes de venta, al insulto y la descalificación del rival en detrimento del argumento, de la precisión, del diálogo y del contenido, entre otros recursos imprescindibles para la comunicación y el entendimiento entre las personas,  los partidos y los sindicatos, las entidades empresariales y culturales, y el electorado en general para una eficaz gestión de la res publica

El ruido, la violencia y el caos están en el origen de la corrupción de la lengua y de las dificultades del ser humano para comunicarse y fortalecer los lazos de confianza y solidaridad que sustentarían la convivencia pacífica en un mundo más justo. Las modificaciones que se producen en la superficie de la lengua son diversas y numerosas y constituyen una respuesta a las exigencias de las realidades social, tecnológica, científica, etc., y a las influencias interlingüísticas. El alcance de estos factores es el que determina que las nuevas voces se consoliden o no en el cuerpo histórico de la lengua. Se trata, pues, de un proceso de construcción cultural, que no responde a caprichos o veleidades de grupos o movimientos empeñados por su cuenta en modificar la realidad lingüística con la intención de transformar la realidad social y cultural de una comunidad.
Pero a pesar de esto, a unos y a otros la lengua responde con su propia realidad y su propio ritmo. Ella asumirá sin imperativos los cambios culturales de una sociedad cuando éstos se produzcan verdaderamente; cuando, en el seno de la comunidad de hablantes, los cambios tengan lugar  efectivamente. Tampoco hay que olvidar que la lengua evoluciona hacia la síntesis y que es implacable con las torpezas retóricas, políticas o ideológicas que se le quieren injertar alterando su morfología o su fonética.

La toma de conciencia de la injusticia social, dentro de la que cabe el concepto de discriminación, sea racial, sexual o de cualquier otra naturaleza, constituye uno de los elementos más positivos atribuibles al progreso de los sistemas democráticos de gobierno. Las lenguas no son ajenas a esa dinámica y evolucionan en consonancia al progreso de la cultura y de la ideología de los hablantes. Quienes ignoran este proceso y los fundamentos y mecanismos del sistema lingüístico cometen la torpeza de pretender guiar el habla hacia entelequias que generan una jerga impostada, desconociendo o aparentando desconocer que en castellano el género es una categoría gramatical sin connotación biológica y que esta errónea interpretación del género en castellano los lleva a considerarlo una especie de capricho normativo «no democrático».

La transformación de nuestras sociedades en sociedades más justas y equitativas no depende de instrucciones normativas bienintencionadas sino de la evolución ideológica de la sociedad, cuya habla incorpora progresivamente las nuevas condiciones de la relación entre los individuos al sustrato histórico de la lengua si tales condiciones se internalizan y consolidan en una nueva cultura. Ni la «visibilidad de la mujer» en el lenguaje ni su emancipación social se verificarán, como tampoco se reducirá la violencia machista, porque se diga «personas becarias» en lugar de «becarios», «maestros y maestras» en lugar de «maestros», el redundante “todos y todas”, etc.

Está claro que quienes impulsan el lenguaje inclusivo, no obstante sus buenas intenciones y legítimas reivindicaciones, no saben que su ataque a la lengua es funcional al poder, al sistema hegemónico que lo sustenta, y al principio conservador de la «corrección política». Una corrección vinculada al «pensamiento único» imaginado por las clases dominantes con el propósito de enajenar y hegemonizar a la masa social.

La razón instrumental de la que hablaban los filósofos de la Escuela de Frankfurt, aplicada por quienes controlan el poder a las ciencias sociales, los medios de comunicación y la publicidad,  ha permitido fraguar un discurso alienante que, en su fase actual, ha hecho del eufemismo y la torpeza léxica su principal herramienta de trastorno semántico de las palabras y, consecuentemente, de la realidad e identidad de los individuos. 
La finalidad de esta política de corrección política es borrar del imaginario del individuo toda referencia a su identidad humana y cultural y al lugar que ocupa en el mundo y en la sociedad; grabar en su mente la imposibilidad de cualquier tipo de rebelión y emancipación social o individual inyectándole el virus del clasismo, es decir, la discriminación social por clases.
Ya sea de forma hablada o escrita el lenguaje del poder utiliza expresiones que tienden a naturalizar los propósitos de la clase dominante y a estratificar la población en segmentos jerárquicos, que se aceptan como axiomas traducibles a otras formas de discriminación, como lo son el sexismo -pensemos en los distintos valores que tienen las expresiones “hombre público” y “mujer pública”- o el racismo, ejemplificado en el uso que se les da a las voces “judío”, “gitano”, “negro”, “bolita”, “paragua”, “sudaca”, “indio”, etc. etc. Es quizás más razonable empezar por aquí nuestros cambios de conducta y de limpieza de la lengua porque suponen un cambio más real de nuestras conductas cotidianas que inventando una jerga que provoca más ruido y rechazo en la comunidad  que adhesiones y cambios reales, e incluso, resulta contraproducente a los objetivos enunciados. Después de todo, no es posible construir una casa empezando por el techo ni modificar un coche ordinario en uno de carreras sin ser mecánico. De ser mecánicos sus promotores sobrían que no está comprobado científicamente que el género masculino sea el “culpable” de la discriminación de la mujer, pues hay idiomas que carecen de género, como el húngaro, el turco o el farsi o iraní, y sin embargo las comunidades que los hablan son extremadamente discriminatorias de la mujer. Es decir, no hay causa y efecto, en el caso de la lengua. El género no es la causa de la discriminación ni de la supuesta invisibilidad, que el significante lleva efectivamente al imaginario del hablante. En la palabra “coche” no se nombra “motor”, “chasis”, “ruedas”, etc. sin embargo, cuando la decimos u oímos la interpretamos como el todo. Tampoco de día vemos las estrellas, pero sabemos que están.

En este territorio de dominio ideológico y de control social, el poder también recurre al vaciamiento de los significados cuando no a la desaparición de voces y expresiones que pueden amenazar su hegemonía. En las sociedades capitalistas más desarrolladas – escribió el profesor español Vicenç Navarro- uno de los indicadores del poder alcanzado por la clase dominante es la tendencia a hacer desaparecer del lenguaje expresiones como “clase trabajadora” o “lucha de clases” y a la casi nula utilización por parte de los medios de comunicación y de los estamentos académicos de las categorías de clase social para analizar la realidad social.
Es evidente de que hay clases sociales - burguesía, pequeña burguesía y clase trabajadora- cuyos intereses son distintos, pero su reformulación en “clase alta”, “clase media” y “clase baja” crea la ficción de que la clase trabajadora ha desaparecido fagocitada por la “clase media” o se ha transformado en “clase baja”, expresión peyorativa con la que se categoriza a la ciudadanía de rentas más bajas. De este modo quedan consagradas las castas superior, media e inferior, cuyas obligaciones impositivas son inversamente proporcionales en la medida que el salario es considerado una ganancia sujeta a gravamen y no una renta del trabajo, la cual debería tener un tratamiento distinto al de los beneficios de la plusvalía que obtienen los dueños de los medios de producción. La insidiosa confusión entre clases sociales y grupos de renta que se da a través del lenguaje es uno de los muchos recursos de los que se vale la clase dominante para consagrar su poder y naturalizar la explotación de la clase trabajadora 
Del mismo modo que Yahvé confundió las lenguas y dispersó la población para asegurar su dominio so bre los hombres, las clases dominantes han segudio prolongando el mito babélico para su beneficio..Esta perversa fragmentación de las sociedades humanas, que la sabiduría popular reconoce en el "divide y vencerás", se verifica en los nacionalismos y en los supremacismos racial, religioso, académico, económico y sexual que generan metalenguajes excluyentes que, en algunos casos, en el colmo de la confusión y la ignorancia de sus promotores, son propuestos como expresiones de equidad e inclusión o simplemente como herramienta de provocación que paraliza la palabra enredándola en el barullo verbal del sistema impidiéndole expresar la realidad y comunicar la verdad. La corrupción de la lengua como furto de los ataques interesados del poder o de la ignorancia y confusión de grupos inocentemente funcionales a éste implican la parálisis del espíritu y con ella, la injusticia, el olvido, la impunidad. .

martes, 30 de octubre de 2018

¿ES INCLUSIVO EL LENGUAJE INCLUSIVO?



Hay tiempos, como estos que vivimos, en el que, por la acción de diversos agentes corruptores, el pensamiento se ve perturbado y tal perturbación impide que la gente piense con claridad y que tanto el habla como la escritura se tornen torpes e incapaces de expresar lo que realmente se quiere decir y comunicar. Una de estas torpezas es el llamado lenguaje inclusivo, el cual, según sus promotores, pretende dar visibilidad a identidades “ocultas y marginadas por el orden patriarcal”.

Si bien las razones que se esgrimen para este propósito pueden considerarse justas, la pretensión de cambiar el habla conculcando reglas gramaticales, sintácticas, fonéticas, morfológicas, etc. básicas de la lengua con la que nos comunicamos carecen de sentido en la medida que toda lengua es expresión del pensamiento de una comunidad, pero de ninguna manera expresión de la necesidad o exigencia de un individuo o grupo de individuos. La lengua no cambiará mientras no cambie el pensamiento de la comunidad que la habla.
Se dice que el llamado lenguaje inclusivo –en precisión habla, no lenguaje- es una denuncia contra una lengua que no representa a la mitad de la humanidad y que es fruto del sistema opresivo del orden patriarcal. Aceptemos esto como una realidad y que el lenguaje inclusivo es un arma que los marginados utilizan contra el opresor. Pero ¿es realmente un arma eficaz o es un arma de juguete?
Desde una posición comprensiva cabe pensar que se trata de una ingenuidad, aunque esta condición no le resta peligro en tanto responde a una doctrina altamente reaccionaria impulsada, aunque sus promotores lo ignoren, desde los sectores más conservadores del poder, que se vale del caos y de la ofuscación del pensamiento de las masas.
Decir que el lenguaje inclusivo es autoritario y totalitario es una exageración, pero no es peregrino afirmar que es reaccionario. Ya en la década de los sesenta, cuando la Guerra Fría alcanzó altos niveles de confrontación ideológica, desde los centros de poder occidentales, especialmente desde los EE.UU., comenzaron a verificarse serios intentos de manipulación de la realidad a través de los medios de comunicación de masas, que aplicaban lo que los filósofos de la Escuela de Frankfurt llamaron “razón instrumental”, según la cual el objetivo prevalece sobre los medios para llegar a él. Como parte de esta manipulación de la realidad y como uno de los recursos de ocultación de la extrema violencia que generaba la confrontación ideológica, se impuso como fórmula “civilizada” de conducta social lo que se dio en llamar “corrección política”. A partir de este momento, el nombre de las cosas fue sustituido por eufemismos que vaciaron o suavizaron sus significaciones, especialmente en aquellos que expresaban con crudeza la brutalidad de la guerra ideológica que se libraba. La realidad del mundo occidental debía aparecer idílica frente a la realidad del mundo comunista. De este modo, la tortura fue equiparada a abuso o exceso, a la vejez se le llamó tercera edad, a la ceguera, incapacidad visual, a las bandas parapoliciales o paramilitares, grupos de tarea, a la dictadura, proceso, al asesinato, retiro o jubilación, etc. al mismo tiempo que desaparecían del vocabulario términos o expresiones como imperialismo, clase trabajadora, lucha de clases y quedaban vacías de contenido palabras simbólicas como soberanía, libertad, revolución, liberación…
Tan brutal ataque supuso una extraordinaria conmoción en el modo de ver y pensar el mundo y el lenguaje, que debía expresarlo, no salió inmune. La lengua quedó desguarnecida y muchos, en su confusión, creyeron que en ella estaba el origen de sus males. En consecuencia, grupos o colectivos que se sentían marginados de la realidad enunciada, incapaces de ver o imaginar el verdadero camino para concretar sus reivindicaciones o reclamar sus derechos a una sociedad más justa y equitativa, se sumaron a los ataques contra la lengua impulsados desde el poder dominante aumentando su fragmentación y, por tanto, la división de una sociedad, ya excluida de la vida política por el lenguaje economicista, en colectivos que hablan o pretenden hablar su propia jerga con pretensión de lenguaje. Quiero decir que si no hay inclusión en los lenguajes academicistas, economicistas, científico-tecnológicos tampoco la hay en el llamado lenguaje inclusivo. ¿Qué pasaría si mañana también salen los flacos, los bajos, los gordos, los calvos…reclamando su visibilidad en la lengua?
Este lenguaje llamado inclusivo pasará como una frivolidad pequeñoburguesa, pero mientras eso ocurre se habrán perdido muchas energías inútilmente en detrimento de la clase trabajadora –hombres y mujeres- verdadera invisible de la jerigonza del poder económico y político que hegemoniza nuestra realidad.

miércoles, 19 de abril de 2017

LA [MALA] LENGUA COMO SIGNO [EQUÍVOCO] DE EQUIDAD

La lengua es un soberbio y sólido sistema de comunicación humana, que va absorbiendo progresivamente los cambios que impone la evolución social, cultural, científica y tecnológica. Sin embargo, como nunca la lengua se ha tornado vulnerable a la acción de los agentes corruptores que genera el poder político y económico para salvaguarda de su propósitos hegemónicos. Estos agentes son los que impulsan las corrientes que acaban creando incomprensión, violencia e infelicidad que afecta la salud moral de los individuos. De aquí que la principal responsabilidad social de un poeta, de un docente y de todo aquel encargado de educar y transmitir conocimiento sea cuidar del buen uso de la lengua y devolver a la palabra la autoridad de su decir.


Desde hace varias décadas, los más altos grupos de poder que gobiernan el mundo emprendieron una portentosa campaña de vaciamiento -fundamentalmente ético- de las palabras. Así, vocablos como tortura, liberación, revolución, pueblo, etc. han sufrido desplazamientos de sus campos semánticos que tienden a aminorar su impacto en la conciencia social, al mismo tiempo que otras, como dictadura, asesinato, masacre, genocidio, terrorismo, fascismo, etc. son sustituidas por eufemismos o expresiones vagas que difuminan su verdadero sentido en el imaginario de la comunidad. La intensidad con que se realizan estas manipulaciones a través de los medios de comunicación y de intelectuales comprometidos con el sistema acaba por naturalizar en el habla sus equívocos y contrasentidos. En este proceso de extraordinaria complejidad no es fácil detectar las tergiversaciones y las trampas y, por esto, es que quiero llamar la atención sobre algunas de ellas. 
Por ejemplo, durante el conflicto de los docentes iniciado en Argentina en los primeros meses del 2017, el Gobierno amenazó al sector con recurrir a voluntarios para que los suplieran en sus puestos de trabajo. La reacción de los maestros y profesores fue inmediata pero equivocada porque cayó en la trampa semántica tendida por el poder. En general hubo un rechazo generalizado de los docentes descalificando al voluntario, cuando éste en realidad es aquel dispuesto a colaborar o realizar una tarea solidaria y desinteresada en beneficio de otro u otros. Históricamente esta palabra viene munida de un reconocimiento moral que se destruye con su menoscabo por parte de los agentes sociales que se ven afectados por la acción de quien, supuestamente, la encarna. Los maestros, sin embargo, no habían advertido que se trataba de un impostor, un esquirol, un carnero o un rompehuelga que al disfrazarse con la piel del voluntario atenuaba el rechazo social al ser equiparado profesionalmente a los trabajadores en conflicto y al mismo tiempo se le daba una categoría moral de la que carecía.
Yendo más allá, los docentes al aceptar la designación que el poder otorgaba al impostor y no darle él su verdadero nombre contribuía inocentemente a la degradación de la palabra perversamente utilizada.
En la misma trampa caen también grupos feministas o progresistas cuando, con el pretexto de alcanzar la equidad sexual, hacen un mal uso funcional del género gramatical del castellano al confundir éste con el sexo. El género en la lengua española es una categoría gramatical sin vínculo biológico. Así tenemos que hombre es una palabra de género masculino que designa genéricamente a la especie humana, incluyendo en ésta tanto a la hembra como al varón, lo mismo que persona, voz de género femenino, que refiere tanto al varón como a la mujer. La desvinculación biológica del género la podemos observar, por ejemplo en espada, género femenino, o semáforo, género masculino, sin que ninguno de estos dos sustantivos tengan correspondencias sexuales.
Este equivocado posicionamiento en el habla y en la escritura lleva a una peligrosa aberración lingüística cuando estos grupos, con absoluta frivolidad y desconocimiento de las estructuras de la lengua, llegan a sustituir letras de determinadas palabras por "x", creyendo establecer la homosexualidad o la transexualidad como un tercer sexo - cuando en realidad es una tendencia o una opción sexual de los individuos- o, peor aún, cuando se emplea la arroba ( @.) Éste signo se registra ya en el siglo XV, según el testimonio más antiguo comprobado en lengua castellana para designar la arroba, una medida de peso equivalente a la cuarta parte de un quintal (11,502 kg). En la tradición anglosajona al parecer se utilizó @ como "at", derivado del latín "ad", que significa "junto a", pero el uso que se hace hoy es una torpe pretensión de igualitarismo sexual según la cual la @ es una forzada y simplista equivalencia visual de las letras "o" masculina envolviendo a la femenina "a", cuyo frívolo uso  atenta contra las leyes establecidas de la gramática, dificulta la comunicación y favorece las políticas corruptoras del sistema. 

sábado, 2 de abril de 2016

SOLDADOS DE LAS MALVINAS ¿HÉROES O VÍCTIMAS?

La Guerra de las Malvinas, librada por el Ejército argentino contra el Reino Unido en 1982 por la soberanía del archipiélago austral, constituye un capítulo controvertido de la reciente historia argentina.




Al iniciarse la década de los ochenta, la sangrienta dictadura militar argentina ya daba síntomas de decadencia y de imposibilidad de seguir manteniéndose en el poder debido al fracaso de su política económica, el aislamiento internacional y una creciente presión social. En este contexto, aumentaron las tensiones entre las distintas facciones militares, fruto de las cuales llegó al poder el general Leopoldo Galtieri, quien abrió una línea populista invitando al pueblo a multitudinarios asados, como el que tuvo lugar en Vitorica y al que acudieron unas trece mil personas. 
Como esta política no logró reducir la agitación social, la dictadura reactivó los planes bélicos, como el que en 1979 había dado lugar a un conflicto con Chile que la mediación de Juan Pablo II logró abortar. Sin embargo, las FF.AA. comprendieron que una guerra con Chile podía incendiar todo el continente y dar entrada a Brasil, siempre atento a sus intereses hegemónicos. Ante esta posibilidad, cobró vigencia el plan de invadir las islas Malvinas, que originalmente contemplaba la invasión, la reclamación de la soberanía sobre el archipiélago ante la ONU y la retirada de las tropas.

Las islas Malvinas, ocupadas por Gran Bretaña en 1833, son desde entonces una constante reivindicación con un profundo arraigo en el sentimiento nacional de los argentinos. "De aquí -como escribo en Breve historia de Argentina, claves de una impotencia.,Sílex, Madrid, 2006- que ante la presión social que experimentaba el régimen y ante la posibilidad de que se le cerrasen los conductos para una salida institucional, el general Leopoldo Galtieri recurriera a la invasión y que al hacerlo lograra el entusiasta y masivo apoyo de quienes, tres días antes había reprimido violentamente. Había bastado que el belicismo de los sectores más reaccionarios de las FF.AA. tocara el nacionalismo chovinista de la sociedad argentina, para que se manifestara en ella ese sarpullido esquizofrénico que convirtió a los verdugos en héroes de la noche a la mañana [...] La exaltada propaganda del régimen y la histeria patriótica dominaron la escena y acabaron arrastrando a los militares aun callejón sin salida". 

La aventura, que costó la vida a casi setecientos soldados argentinos y, muy probablemente, la pérdida definitiva del archipiélago, puso de manifiesto un ejército mal equipado y peor entrenado, cuya última participación bélica había sido en la guerra de la Triple Alianza, entre 1863 y 1870, y que las FF.AA. "carecían de esa profesionalidad que se les suponía para aquello por lo que existen y que constituye su cometido último, el ejercicio de la lucha armada con un ejército adversario en defensa del territorio nacional". 

Pero "en el marco del Estado terrorista y amparados por la impunidad, los militares argentinos ni siquiera fueron capaces de demostrar su condición de guerreros, no sólo porque eran más machistas que viriles, sino porque carecían de la noción de valor como fundamento del mundo y la vida". Por este motivo, resulta moralmente repugnante que a esos miles de jóvenes víctimas de su estúpido mesianismo se los disfrace de héroes simplemente porque los mandaron al matadero con uniforme militar a diferencia de aquellos que apresaron, torturaron, asesinaron e hicieron desaparecer u obligaron al exilio.

lunes, 26 de octubre de 2015

COLAPSO Y DERRUMBE DEL CAPITALISMO

La actual crisis -económica, política y cultural- mundial es el principal síntoma del agotamiento de una equívoca idea de la libertad sobre la que se construyó, desarrolló y proyectó la civilización capitalista occidental.

Lo que se ha dado en llamar "crisis económica mundial" no es  otra cosa que la aceleración del proceso de desintegración del capitalismo y con él el derrumbe de la civilización que se construyó sobre dicho sistema y sobre una equívoca noción de la libertad.
Así como la naturaleza mítica del pensamiento y las limitaciones de la ciencia y de los mecanismos productivos, y el agotamiento de los sistemas políticos medievales determinaron el fin del feudalismo, en el siglo XVIII, la Revolución Industrial y la Revolución francesa no sólo certificaron dicho fin liquidando el sistema artesanal de producción y el antiguo régimen, sino que impusieron las líneas político-morales del nuevo orden que regiría el mundo sobre la base doctrinaria liberal y un vertiginoso avance científico tecnológico.
Sobre las ruinas del sistema feudal se edificó el sistema capitalista que liberó a los siervos de la gleba del dominio del señor feudal convirtiéndolos en proletarios sujetos a través del salario a la soberanía del propietario de los medios de producción.  Estos profundos cambios en la mecánica productiva generaron grandes cupos de excedentes y activaron un comercio que pronto saturó los mercados nacionales e impulsaron una expansión que consagró el régimen colonial y provocó las tensiones en gran escala entre los Estados coloniales.
El hombre, que desde el humanismo renacentista había tomado conciencia de  su capacidad para dominar y modificar el mundo, reivindicó la libertad como motor del progreso de los pueblos y las naciones sin atender que la libertad individual sólo puede ser alcanzada y protegida en comunidad, tal como proclama la tradición republicana. No fue entonces la libertad otorgada por leyes libres dictadas por hombres libres en el marco de una comunidad libre, que vela por el bien común, sino aquella de tradición liberal sostenida en la idea de que la libertad es un derecho natural frente al cual nada puede oponerse.  Es decir, una libertad que consagra la ley del más fuerte y cuyo correlato se verifica en las nociones de "libertad de comercio" y "libre competencia" que legitiman la conversión de las sociedades en masas consumidoras y los territorios nacionales en mercados a conquistar por las grandes corporaciones que, en no pocos casos, sustituyen a los ejércitos.
Paralelamente, el romanticismo aportó la mística de esa libertad equívoca al resucitar al yo autista de los antiguos héroes en un mundo que tendía a la masificación. La emancipación de EE.UU. dio estatuto constitucional al Estado capitalista abanderado de la libertad y del individualismo liberal/romántico.
A lo largo de su historia, la falacia del capitalismo dio lugar a grandes y violentos espasmos, llamados "crisis cíclicas", algunas de las cuales desembocaron en terribles confrontaciones, como las dos guerras mundiales, y tensiones ideológicas que pusieron al mundo al borde de un conflicto nuclear. 
La desaparición de la URSS, en 1991, que algunos vieron como la gran victoria de capitalismo y con ella el nacimiento de una nueva era de paz y bienestar, en realidad puso de manifiesto la naturaleza falaz y depredadora del sistema y el carácter insolidario del individuo de una gleba sierva de los señores del capital. Sólo que esta vez, no habrá nadie que se salve como pueda. 
La brecha abierta entre materia y espíritu ha permitido la acelerada deshumanización de la ciencia, los excesos acumulativos y especulativos del capital y la perversión de las democracias parlamentarias, todo lo cual ha provocado no sin violencia el colapso y la ruina del capitalismo. Lo que estamos asistiendo es al fin de la civilización que se edificó sobre la ley del más fuerte y una falaz idea de libertad. Que esto suceda no significa, sin embargo, el fin del mundo, sino el dramático desmoronamiento de un sistema y el preludio de otro en el que, es de desear, el ser humano recupere su centralidad humana. El hombre del siglo XXI está obligado a repensar su historia y su conducta, liberarse del cepo que lo esclaviza y, como el homínido que se alzó sobre sus extremidades,  alzar la vista más allá del horizonte si quiere sobrevivir.

martes, 30 de junio de 2015

EN LA GRECIA DE TSIPRAS COMO EN EL CONGO DE LUMUMBA

Patrice Lumumba (1925-1961)

La actual crisis sistémica del capitalismo mundial se analiza habitualmente a partir de coordenadas económicas, como si éstas se hubiesen desarrollado mecánicamente al margen de las conductas y acciones humanas. Se olvida que en el origen de toda quiebra económica a gran escala subyacen las conductas individuales al margen de la ética de quienes controlan el poder.
Alexis Tsipras (1974)
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, el mundo quedó dividido en dos grandes bloques ideológicos, cuyos centros de poder, al tiempo que trazaban sus propios mapas políticos interiores y en las zonas de influencia iniciaban una nueva y sorda lucha por la hegemonía planetaria que se dio en llamar Guerra fría y que se tradujo, entre otros hechos significativos, en el estado de bienestar occidental, en la carrera espacial y en guerras locales limitadas no sólo por el control ideológico-político de determinados países sino también y, sobre todo, por el aprovechamiento de las riquezas naturales de los mismos por parte de las empresas multinacionales capitalistas.
Mientras la América Latina se convertía en el "patio trasero" de EE.UU., Corea y el Sudeste asiático eran objeto de encarnizadas guerras de dominación entre el Occidente capitalista y el Oriente comunista, África era un territorio donde los cimientos del colonialismo europeo hacían prever -equivocadamente- un proceso emancipador más o menos controlado por el espíritu civilizador de los colonizadores. Sin embargo, no sucedió así.
En toda África, en este continente cuyo mapa político había surgido del arbitrio mercantilista de los colonizadores, surgieron líderes que reivindicaron sus naciones y la dignidad de sus pueblos a la hora de emanciparse y de construir cada uno de ellos sus futuros sin tutelajes foráneos. Tan insoportable rebeldía provocó la indignación de los colonizadores quienes se sintieron insultados por la ingratitud de los colonizados de rudos modales ante la posibilidad de perder sus privilegios blancos y dejar sus riquezas en manos negras. Riquezas -petróleo, minerales, caucho- y manos que habían sido claves para que Occidente ganara la Segunda Guerra Mundial.
El congoleño Patrice Lumumba fue uno de quienes se atrevió a denunciar las verdaderas condiciones de vida creadas por el colonialismo belga y esta denuncia no sólo no fue atendida sino que fue considerada brutal, propia de un hombre, como lo eran todos los líderes africanos, sin el refinamiento de los europeos. Y esto no sólo mereció su asesinato, ordenado por los servicios secretos occidentales, sino su humillación pública, con la complicidad de la prensa internacional, y el descuartizamiento e incineración de su cuerpo, tal como lo cuentan sus ejecutores, para dar ejemplo y escarmiento ante cualquier conato de rebelión.

El refinamiento occidental ha progresado  mucho desde entonces y ahora, ya sin el freno que representaba el desaparecido bloque soviético, su objetivo ya no se limita al dominio territorial y a la apropiación de las riquezas productivas de un país a través de guerras civiles, golpes de Estado, asesinatos políticos, sino al sometimiento democrático de la sociedad humana y la reducción de sus habitantes a la condición de siervos de la gleba.
La ficción de una Unión Europea como marco protector de un modo y un estado de vida superior mitificado por la civilización occidental y cristiana ha quedado desenmascarada una vez más con el tratamiento dado a Grecia. Los acreedores, no los gobiernos miembros de la UE, que se comportan como títeres del poder económico, protestan porque no se puede negociar con Alexis Tsipras, "por su grandilocuencia", del mismo modo que los hipócritas gobernantes occidentales se escandalizaban con los modos poco refinados de los líderes africanos. No gusta a esta gente que un líder político hable a su pueblo y hable en serio de dignidad y soberanía. Tanta es su furia -como esa furia mal digerida y de pandereta que en estos días muestra la derecha española- que ahora me pregunto ¿serán capaces los señores que controlan la economía mundial de matar a Alexis Tsipras, lo asesinarán como asesinaron a Patrice Lumumba o qué muerte le buscarán?


viernes, 27 de marzo de 2015

¿PENSAR EN EL LECTOR?

Ilustración de Iván Triay para "El mal de Q."

Plantear si se piensa o no en el lector a la hora de escribir es como plantear si vemos con los ojos. Toda escritura, en tanto manifestación gráfica del lenguaje hablado, es comunicación. Por lo tanto es imposible escribir para sí mismo. Ninguna escritura es autista. Siempre se escribe para un lector. Siempre se escribe para transmitir algo a otro. Aun las formas más herméticas se producen para ser interpretadas por los elegidos de mantener la ficción de lo secreto, la pervivencia de lo eléusico a través del tiempo. De aquí que toda escritura críptica siempre tenga su Rosetta. 

Leonardo da Vinci utilizaba la escritura especular con la pretensión de mantener el secreto de sus reflexiones o descubrimientos a sabiendas de que era un ingenioso obstáculo que requería cierta habilidad tanto para producirla como para leerla. Para Leonardo, su escritura especular era un recurso de disuasión para el simple o para el ladrón y al mismo tiempo un modo de conservación y transmisión del conocimiento que él había alcanzado.
De modo que todo el que escribe lo hace para transmitir un conocimiento y éste conocimiento es el que determina la clase de lector a quien va dirigido. Albert Einsten, al darle forma escrita a sus intuiciones acerca del tiempo y el espacio se preocupó primero en dejar constancia fidedigna de las mismas, consciente de que éstas sólo serían accesibles para un pequeño grupo de físicos. Fue más tarde cuando escribió una versión con la pretensión de ampliar el campo interpretativo, que tampoco sería de fácil acceso para la mayoría dada la complejidad de la materia tratada. Así, todo escrito, según la naturaleza, complejidad y hondura de lo que trata y transmite, exige para su interpretación un grado determinado de conocimiento y sensibilidad por parte de su lector.
El lector concebido como entidad genérica destinataria de la producción literaria, especialmente de las formas narrativas o líricas, es una ficción de la industria cultural. El lector como factor condicionante de la producción literaria que responde a una concepción utilitaria es un artificio correspondiente al plano mercantil, cuyo correlato es el  consumidor.
Desde esta perspectiva, la industria editorial para su beneficio requiere productores de fast books, libros de consumo rápido para satisfacer a esa masa de lectores adocenados a los cuales la dinámica mercantil ha conferido un rol protagónico. Estos autores/productores preocupados por lo que "pide el mercado", son quienes se preguntan por el lector con la pretensión de que éste sea la fuente de inspiración. Una pretensión que en realidad enmascara las pautas mercadotécnicas con las que edifica su producto. De esto se desprende que este tipo de autores naturalizados en el orden industrial no piensan en un lector emancipado para quien la lectura es, antes que un pasatiempo, un camino de crecimiento espiritual que incentiva su imaginación y su cultura, sino en un lector/cliente atento a la mesa de novedades de las librerías/mercado que activan las ventas de "sus" libros y lo entretienen en su tiempo de ocio..
Es así cómo el autor y el lector solidarios en la escritura y su lectura son reducidos a piezas necesarias del engranaje industrial en el marco del sistema capitalista. El "pensar en el lector" del autor asimilado a la industria editorial y a su aparato difusor equivale "al pensar en el gusto" del consumidor y según este gusto fabricar una literatura feble y epidérmica. La literatura sucedánea que el mercado vende como genuina en lugar de la despectivamente llamada "literatura literaria". Una literatura que requiere lectores comprometidos, capaces de interpretar, recrear y dar continuidad a los universos propuestos en las grandes obras. Es en esta clase de lectores en la que pensaban Cervantes, Shakespeare, Proust, Kafka, Faulkner, Borges y tantos otros autores de estirpe autónoma. 
La concepción liberal de la libertad, piedra angular del sistema capitalista y su consideración de la sociedad civil como un vasto mercado donde confluyen productores, mercaderes y consumidores, ha dado pábulo a la idea de que todos los individuos son iguales y que, por tanto, cualquiera puede generar obras artísticas o exigir que éstas sean accesibles a la mayoría. Sobre este error es que se celebra la ceremonia de la confusión. El arte y con él la literatura no son democráticos aunque respondan a las inquietudes comunes a los hombres o narren aproximaciones a la verdad de la condición humana y el mundo. Con este propósito, el creador consciente y responsable de su papel se ve impelido por las exigencias de su exploración a generar códigos únicos. Trazos, golpes, notas o palabras originales, que requieren destinatarios pares; destinatarios dotados de un conocimiento y de una sensibilidad apropiados para este tipo de lectura. Pero si este autor, tentado por el deseo de ser comprendido por todos o corrompido por su vanidad, apelara a un lenguaje menor y con él falseara la verdad de su relato se convierte en un impostor que engaña al lector menoscabando su inteligencia, especialmente la de aquel en quien pensaba y cuyo gusto ha seguido.  

jueves, 31 de julio de 2014

DE LA VULNERABILIDAD DE LA LENGUA Y DEL POETA


Si nos atenemos a la lengua castellana -aunque es obvio, aclaro que cuando hablo de la palabra me refiero a ella como entidad universal-, su mapa histórico ejemplifica magníficamente momentos de esplendor y decadencia, a veces coincidentes en el tiempo debido a sus diversos y lejanos ámbitos geográficos de uso. Nadie duda de que el castellano es una las lenguas más evolucionadas del mundo y que goza de una extraordinaria vitalidad. Sin embargo, como todo organismo vivo, es vulnerable a la acción de agentes degenerativos que laten en el seno de la sociedad y que se activan en momentos de opresión o estancamiento espiritual. La extensión de lugares comunes, muletillas, extranjerismos sustitutorios, metáforas hueras, desorden sintáctico, torpeza prosódica, etc., empobrecen y reducen la lengua a un estado mecánico y funcional que abotarga el pensamiento.

A finales del siglo XIX y principios del XX, el casi desesperado intento de Azorín de revitalizar la lengua castellana peninsular, adormecida por el absolutismo y la pereza, tuvo eco en Antonio Machado, quien recogió las propuestas simbolistas a través del modernismo allegado por Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, quien también siguió inicialmente la estela rubendariana, y los poetas de la Generación del 27. Sin embargo, este portentoso impulso revitalizador quedó abortado tras la Guerra Civil, pues la derrota de la República significó también la derrota de la lengua castellana peninsular.
Durante la larga dictadura franquista las palabras del castellano peninsular edificaron una falsa realidad sustentada en el oscurantismo religioso y político de los vencedores. En ese proceso de mutación del sentido, las palabras sirvieron para velar la verdad y legitimar al régimen. Así, mientras la palabra «paz» ocultaba represión, persecución, padecimiento y humillación de miles de opositores o sospechosos de serlo, todo el aparato del Estado fue articulado en leyes autoritarias que distorsionaron la vida y los hábitos de los ciudadanos. La

ley era la palabra de la dictadura. Y, en tanto que los intelectuales que habían apoyado el proyecto democrático de la República habían sido asesinados, encarcelados u obligados al ostracismo interior o exterior, los intelectuales del régimen consagraron un sistema de pensamiento embrutecedor e intolerante. Un sistema que añadió al hambre y la miseria dejadas por la guerra, la pobreza del pensamiento. No importaba que otros pueblos estudiasen, trabajasen y fuesen más cultos y prósperos y disfrutaran de un mayor bienestar, pues, falazmente, nada era mejor ni más grande que ser español.
El castellano peninsular se convirtió entonces en un eficaz instrumento político de sometimiento ideológico de la población de la ficticia «España, una, grande y libre», la España «diferente». En este contexto, los portavoces del nacional-catolicismo buscaron y encontraron en las raíces del antiguo castellano inquisitorial e imperial los recursos para una lengua oficial que apuntalaba el discurso retórico, tan grandilocuente como hueco, del régimen. Así lo entendió el papa Pío XII, cuando el 16 de abril de 1939, escribió en otro ejemplo de pretenciosa verborrea: La nación elegida por Dios como principal instrumento de evangelización del nuevo mundo y baluarte inexpugnable de la fe católica acaba de dar a los precursores del ateísmo materialista de nuestro siglo la
prueba más excelsa de que, por encima de todo, están los valores de la Religión y del espíritu[1].
Un castellano mecánico de palabras cerriles y pesada sintaxis sirvió para edificar los muros detrás de los cuales se atrincheraron los españoles durante cuarenta años. Tras ese «gesto nobilísimo de cristiana edificación» se confeccionó un «traje a nuestra medida, español y castizo» para combatir a los enemigos que amenazaban la grandeza española. Porque, como afirmaba el Caudillo, a España se la ha hostilizado siempre que ha resurgido, desde los tiempos de Felipe II [...] y cuanto más se ha levantado, cuanto más independiente se ha hecho, cuanto más enérgicamente se ha extirpado el cáncer o una enfermedad que la corroía, más se ha crecido contra España la hostilidad de fuera.

El habla se convirtió en jerga, en farfullo irascible de exclusión y confrontación permanente, que los grupos ultracatólicos y tardofranquistas prolongan entrado ya el siglo XXI. «Rojos», «ateos», «comunistas», «judíos», eran, entre otras, palabras que encarnaban enemigos diabólicos en perennes «contubernios» o «conspiraciones judeo-masónicas» desde la «pérfida Albión» o desde el «país del brioche y del bidet» contra España, la «patria», los «cristianos», los «católicos».
Pero al mismo tiempo, los ideólogos que habían fraguado el castellano oficial como un baluarte de la España franquista y que sabían de la debilidad y, tal vez, de la ilegitimidad de su propósito, clamaban contra la «falsa modernidad» que venía del extranjero y que amenazaba con la disolución de la lengua. De acuerdo con esta creencia es que en 1940, como recoge Martín Gaite, se prohibió el «uso innovador y deformante de vocablos extranjeros en marcas, rótulos, frases y escritos [que constituían] desollamientos en la piel española».
Como consecuencia de este proceso castrador, el castellano peninsular perdió todo el impulso revitalizador que manifestaba en las primeras décadas del siglo XX. La rigidez sintáctica y la retórica dificultaron el desarrollo estilístico fuera de la tradición realista y ancló en ella la producción literaria española. La restauración democrática, si bien creó un nuevo marco expresivo y favoreció algunos intentos innovadores, éstos se vieron limitados por las tendencias uniformizadoras determinadas por el poder económico mundial que controlan los grandes grupos editoriales y medios de comunicación.
En América, el castellano hispanoamericano, una vez superados los complejos disfrazados de rebeldía hacia la antigua metrópolis surgidos tras la emancipación, emprendió una decidida andadura beneficiada por los aportes de las lenguas nativas y la etapa formativa de las nuevas naciones. Este sentimiento de independencia coincidente con el espíritu romántico favoreció asimismo la mirada hacia otras realidades lingüísticas comprometidas en un proceso innovador. Tras su enriquecedor vínculo con las vanguardias europeas y el aporte de la intelectualidad española exiliada, el castellano hispanoamericano cuajó en una lengua de gran horizonte expresivo. Pero, como
sucedió con la derrota de la República española, las dictaduras que se sucedieron a partir de la segunda posguerra mundial, y en particular desde los años setenta, por un lado, y la retórica revolucionaria inspirada en el realismo socialista, por otro, dieron paso a una lengua bastardeada por el autoritarismo, la corrupción y la mediocridad. La lengua, ya condicionada y empobrecida por la consigna de «escribir para el pueblo», fue asimismo instrumentalizada desde el poder dictatorial, que se valió del eufemismo y la ambigüedad para disimular el horror. De este modo, por ejemplo en Argentina, el régimen del Estado terrorista se autodenominó «Proceso de Reorganización Nacional» y todo el mundo aún sigue llamando «el Proceso» a ese período de sangrienta dictadura. En un vasto contexto de falseamiento de la realidad, las bandas paramilitares que secuestraban, asesinaban y robaban siguiendo un plan de exterminio sistemático de opositores fueron llamadas «grupos de tareas», «secuestrar» se dijo «chupar» y «chupadero» designó al campo de concentración clandestino, a donde iban a parar las víctimas de la represión condenadas a «desaparecer». La movilización internacional contra la flagrante conculcación de los derechos humanos en el país motivó el eslogan «somos derechos y humanos». Una gran parte de los argentinos, que consideró la campaña una ofensiva «injerencia extranjera» en los asuntos internos del país, aceptó con jactancioso orgullo la escandalosa tergiversación de la frase contribuyendo así a la política de ocultación de la trágica realidad. La identificación «yo, argentino» significó no saber nada, no tener responsabilidad ni compromiso. La fatuidad civil se reconocía como un supremo signo de identidad nacional.
Las secuelas del horror y la debilidad de las instituciones democráticas, en cuyo seno se había enquistado la corrupción, naturalizaron una lengua al servicio del fraude, el disimulo y el sensacionalismo. La restauración de unas democracias tuteladas por el poder económico tanto en España como en Hispanoamérica, se han convertido en el mercado idóneo en el que los grandes consorcios editoriales ponen sus productos de consumo masivo y rápida digestión. Sus líneas editoriales, que han revitalizado el realismo costumbrista y el uso de una lengua instrumental, se extienden como una espesa trama

ideológica que tergiversa la realidad, impide el conocimiento y embota el pensamiento.
En el apogeo de la impostura, la lengua instrumental permite que las guerras colonialistas sean llamadas «preventivas» o «humanitarias», que las víctimas civiles se denominen «daños colaterales», el genocidio, «limpieza étnica», el abuso, «responsabilidad», la invasión, «liberación», los países pobres, «países emergentes», y que «amor», «solidaridad», «perdón», etc., sean meros esqueletos fonéticos cuya carnadura se ha perdido por el uso sin el correlato de la acción que implican. En estas circunstancias, la palabra sustantiva atacada por las fuerzas irracionales del poder político y económico pierde paulatinamente su capacidad de acción y acaba paralizada. Llegado ese momento y enredada en el gran barullo verbal del sistema, la confusión babélica, la palabra no puede expresarse y comunicar la verdad. Su parálisis implica la parálisis del espíritu y con ella el olvido, la impunidad.
Entonces ¿para qué el poeta lleva la palabra a los límites del misterio y la confronta con el silencio con el peligro de caer en él? El poeta tiene la responsabilidad de preservar el patrimonio significativo de la palabra, porque, como expresión de la comunidad humana, ella comporta la llave de la razón y el acto civilizador. La palabra sustantiva, en la medida que es comprendida en su verdadera y unívoca significación, inspira el cuerpo ético que, al determinar su comportamiento en un marco de confianza y justicia, rige la convivencia entre los individuos. Por otro lado, esta palabra por su misma potencia significativa y la carga mítica de su raíz, es vehículo de conocimiento y libertad para los individuos que la reciben. Los cambios externos que se operan en la palabra sustantiva de acuerdo con la formulación de leyes que consolidan el progreso y la felicidad de los hombres enriquecen su significación esencial. En cambio, sucede todo lo contrario cuando tales cambios se operan desde la impostura y la injusticia. Es en este caso, cuando el poeta debe actuar y rescatar la palabra de la inflación verbal, del farfullo bárbaro y embrutecedor, y devolverle la vida y su verdadero sentido.



[1] Carmen Martín Gaite, Usos amorosos de la postguerra española, Anagrama, 1990.

viernes, 4 de abril de 2014

MILITARISMO SOCIOLÓGICO

El golpe militar de 1930 no sólo quebró el orden constitucional de Argentina e interrumpió el desarrollo de la democracia inaugurada en 1917, sino que dio continuidad al caudillismo y sentó las bases de un pensamiento militar que caló en las capas más profundas del comportamiento social de los argentinos.

Cuando, el 6 de septiembre de 1930, el general José Félix Uriburu derrocó al presidente Hipólito Yrigoyen  y quebró el orden constitucional inauguró al mismo tiempo una era infame tutelada por el estamento militar. Pero más allá del dominio fáctico que ejerció sobre las instituciones y estructuras del Estado y la vida civil, las casta militar influyó poderosamente en el imaginario social inculcando a los ciudadanos, independientemente de la clase a la que perteneciera, su visión del mundo y sus formas de comportamiento. Es por ello que casi sin darse cuenta la mayoría de los argentinos, incluso ciudadanos sensibles, inteligentes y bien formados intelectualmente, ha internalizado las conductas militares hasta el punto de contaminar el lenguaje con el que se expresa y con el que, consecuentemente, ordena sus vidas y las relaciones con los demás. Todo está inficionado de militarismo, desde el nomenclátor de ciudades y pueblos, escandalosamente dominado por generales, coroneles, capitanes, cabos y sargentos, hasta la identificación del rigor y la disciplina como algo propio del militar  sin caer en la cuenta de que ambos son hijos de la cultura, la voluntad y la responsabilidad y no de la prepotencia, la severidad excesiva y del ordeno y mando (¡no piense, obedezca!).
En medio de todo esto la violencia que conlleva lo militar ha dejado una herencia malsana que se traduce en una permanente tensión, ahora patente y patética en el discurso político, en el tono de las discusiones televisivas, en el patrioterismo y en una distorsionada y desfasada interpretación de los roles que se desempeñaron en la resistencia contra el autoritarismo en general y el terrorismo de Estado en particular. ¿Cómo es posible que se invite a un festival folklórico a una banda militar y peor aún que se la deje interpretar el pericón, baile nacional argentino, con ritmo de marcha castrense?
 En este sentido, también es chocante que, en los sectores progresistas, aún se siga hablando de "militancia" para reivindicar al parecer a quienes tomaron y toman una actitud opositora a las fuerzas que conculcan los derechos y las libertades cívicas, y hasta se propongan monumentos o espacios públicos a esa "militancia". ¿Por qué no una plaza o una calle o un monumento a la civilidad o a la ciudadanía? Porque del mismo modo que el neoliberalismo desprestigió al Estado en beneficio de lo privado, es decir, de las grandes corporaciones, el militarismo hizo lo propio con lo civil y, aún los demócratas progresistas y bien intencionados, prefieren  ser "soldados" de un ejército, de un partido, de una iglesia, etc. antes que reconocerse, con orgullo, ciudadanos libres que conforman una comunidad libre.
En este mismo sentido, más allá de que el Estado y la sociedad les deba un reconocimiento y un respeto a los soldados que lucharon en Malvinas, tal reconocimiento y respeto debe hacerse desde su consideración de víctimas de una Dictadura terrorista equiparables a los muertos, desaparecidos, presos y desterrados y no como "héroes que lucharon por la patria". ¿O es que tiene más valor, más coraje, el soldado que se enfrenta a las bombas por obediencia debida a los generales que fraguaron la guerra para perpetuarse en el poder que el civil que fue asesinado, torturado u obligado al exilio por los mismos generales? 

viernes, 22 de febrero de 2013

CERVANTES Y LOS DERECHOS DE AUTOR




Desde los tiempos de Cervantes muy poco ha cambiado en la consideración del escritor como productor artístico y en el reconocimiento de los derechos que genera su trabajo. La acción de los piratas «ilegales» y «legales» y la conculcación continuada de los derechos de autor ponen a los escritores profesionales en una total situación de indefensión económica y social.

Muchos estudios sobre El Quijote y su autor tienden a ocultar o a acomodar aspectos de la biografía de Miguel de Cervantes a la genialidad de su obra. Tales estudios surgen como una necesidad de darle al autor un perfil heroico que sustituya al reconocimiento intelectual que se le negó en su tiempo, independientemente de que, por ejemplo, cualquiera de sus Novelas ejemplares le hubieran servido para ocupar un lugar destacado en el panteón literario universal, tal como él lo apunta en el prólogo a las mismas cuando dice «a esto se aplicó mi ingenio, por aquí me lleva mi inclinación, y más que me doy a entender (y es así) que yo soy el primero que he novelado en lengua castellana».
Pero  Cervantes no era un par del estamento intelectual ni gozaba de las prebendas de los hermanos Argensola ni de Lope de Vega, por ejemplo. Cervantes no era un disidente, sino un excluido de la clase intelectual. Él deseaba su reconocimiento como algo natural debido a quien «planta alamedas», es decir, a quien se dedica al «ejercicio honesto» de la creación literaria, para contar con una base de sustento diario. Es en este marco de intenciones que deben verse tanto sus intentos de lograr un favor real por sus servicios prestados como soldado, incluso si es en Indias, como su pretensión de integrar la corte de poetas del virrey de Nápoles.
Poco después de la primera edición de la primera parte de El Quijote, tasado «cada pliego del dicho libro a tres maravedís y medio; el cual tiene ochenta y tres pliegos, que al dicho precio monta el dicho libro doscientos y noventa maravedís y medio»,  y como consecuencia del éxito obtenido se hicieron nuevas ediciones legales en Madrid, Valencia y Lisboa y varias ediciones piratas en Zaragoza y Lisboa. Como hoy, muchos editores se ganaban la vida de mala manera amparándose en la clandestinidad, en la debilidad gremial de 
los autores, en las falencias de las leyes y en la extendida y perdurable creencia de que el artista ha de trabajar por amor al arte.
Cervantes nos informa en el prólogo a sus Novelas ejemplares cómo sus obras eran pirateadas y escamoteados sus derechos de autor cuando dice que La Galatea, Don Quijote, Viaje al Parnaso y otras obras «andan por ahí descarriadas y quizá sin el nombre de su dueño». También nos habla por boca de don Quijote y del escritor con quien éste entabla conversación en la imprenta de Barcelona de las trapacerías de los editores y libreros. Cuando el dicho autor le dice que él imprime por su cuenta sus libros, don Quijote exclama:
«- ¡Bien está vuesa merced en la cuenta! –respondió don Quijote-. Bien parece que no sabe las entradas y salidas de los impresores, y las correspondencias que hay unos á otros. Yo le prometo que cuando se vea cargado de dos mil cuerpos de libros, vea tan molido su cuerpo, que se espante, y más si el libro es un poco avieso y no nada picante.
- Pues ¿qué? –dijo el autor-. ¿quiere vuesa merced que se lo dé á un librero, que me dé por el privilegio tres maravedís, y aun piensa que me hace merced en dármelos? Yo no imprimo mis libros para alcanzar fama en el mundo; que ya en él soy conocido por mis obras; provecho quiero; que sin él no vale un cuatrín la buena fama» (II, Cap. LXII).
Entonces como hoy la situación del escritor profesional apenas ha variado en esencia, ya que las formas del escamoteo de los derechos de autor se han diversificado tanto entre los editores piratas clandestinos como entre los editores que saben aprovecharse de las argucias legales.

LIBERTAD Y RESPONSABILIDAD

El confinamiento obligado por la pandemia que azota al mundo obliga más que nunca a apelar a la responsabilidad. Los medios de comunicación...