martes, 1 de septiembre de 2009

¿CUALQUIERA PUEDE ESCRIBIR?

La proliferación de los talleres de escritura induce a responder afirmativamente a la pregunta -retórica, por cierto- de si cualquiera puede escribir. El titular de una nota publicada en El imparcial del 29 de agosto firmada por Elena Viñas reza: «Usted también puede convertirse en un escritor o poeta de éxito». Esto, según la autora, es posible porque «ha llegado el momento de democratizar la literatura». Pero, difícilmente los talleres pueden contribuir a «democratizar» la literatura porque por un lado dichos talleres no enseñan esta materia sino redacción y por otro porque la literatura, la creación literaria, no es democratizable.
El dominio de una técnica, en este caso de la escritura, no implica que el producto constituya una obra de arte. El conocimiento técnico de la escritura -gramática, sintaxis, estilo, etc.- es un factor importante en la medida que pueda combinarse con otros (sensibilidad, compromiso artístico, cultura, capacidad de fabulación y de observación de las cosas del mundo y de la naturaleza humana, etc.), pero inútil si el pretendido escritor carece de estos atributos, que en su conjunto constituyen el llamado talento. Quiero decir que la literatura, en tanto creación artística y no mera recreación documental de la realidad, no es atributo de las masas populares sino de individuos dotados para su ejercicio.
También es falaz la idea de que un escritor o un poeta lo sean por tener éxito y reconocimiento público. Ni el éxito ni el reconocimiento determinan la condición de artista, como tampoco el carácter literario -artístico- de un libro. El hecho de que Dan Brown, Ruiz Zafón o Falcones, por ejemplo, sean mundialmente conocidos no significa que sean creadores ni que sus libros sean obras literarias. En todo caso son escritores de oficio capaces de elaborar un sucedáneo de obra literaria que responde a los intereses de la industria editorial y a las tendencias o las modas que ésta impone al lector/consumidor en el contexto mercantil de la cultura de masas. De modo que no hay que engañarse. Los talleres, salvo aquellos que, supliendo las carencias universitarias, enseñan a los alumnos a leer y analizar las obras descubriéndoles ciertas pulsiones de la creación artística, y a considerar aspectos fundamentales de la tradición literaria, sólo suscitan mecánicos pero no ingenieros; ayudan a desarrollar una habilidad, pero no el ingenio, y menos a adquirir una cultura literaria.
En una sociedad democrática, el arte ha de estar al alcance de todos, pero esto no significa que el acto creador sea patrimonio de todos, pues sus exigencias para una exploración honda y sincera de la realidad del mundo y del alma humana son elevadas y excluyen, por su carácter corruptor, los condicionantes históricos, políticos, ideológicos, económicos o de oportunidad.
Para justificar el supuesto proceso democratizador de la literatura, Elena Viñas se pregunta «¿por qué no íbamos a poder emular a los escritores que admiramos?» sin darse cuenta de que acaba hablando de imitación en lugar de creación, de impostura en lugar de originalidad. Así, mal que les pese a muchos la escritura de una novela, un cuento o un poema genuinos seguirá siendo «monopolio de los tocados por la varita del talento innato», para decirlo con sus palabras.

viernes, 24 de julio de 2009

LA SUPERSTICIÓN MEDIÁTICA

Tras la Segunda Guerra Mundial, el mundo quedó dividido en dos grandes bloques ideológicos que libraron hasta la caída del muro de Berlín, en 1989, la llamada «guerra fría». Ante la amenaza del comunismo, las potencias occidentales activaron la más soberbia campaña de propaganda que, sustentada en los fundamentos liberales, tuvo como bandera la sociedad del bienestar. En este contexto, las fuerzas capitalistas desarrollaron con extraordinario ímpetu la sociedad de consumo hasta establecer en pocas décadas el concepto de mercado como rector de la vida de individuos y pueblos.
El nuevo culto, si bien aceleró notables progresos científicos y tecnológicos que elevaron el nivel de vida en los países industrializados, no sólo ahondó las diferencias entre ricos y pobres, sino que impuso y naturalizó conductas y valores pervertidos, que han afectado las relaciones sociales y los gustos y percepciones que los individuos tienen de las personas y las cosas. Es así como ha sido consagrado el culto del número, la cifrada divinidad que revela las verdades a través de la estadística y designa a las masas como profetas de la bondad y la calidad.
Toda religión se sostiene en una superstición y el culto del número es alimentado por la superstición mediática. Esta superstición, al mismo tiempo que anula la capacidad individual de crear, imaginar, opinar, sentir y ver, que reduce el pensamiento y el discurso político a etiquetas y eslóganes, crea una realidad virtual en la que los individuos de carne y hueso creen no existir si no están en dicha realidad. Una realidad en la que el pensamiento único, el estilo internacional, la corrección política, la crónica, etc. se levantan como oscuros eufemismos que ocultan la verdadera, compleja y dramática realidad del mundo. ¿Qué hacer entonces, sino resistir atrincherado en tus principios y, como digo en unos versos de Nadadores de altura: «Y nadar. Y decir. Y nadar. Y decir./Al fin, decir. Estoy aquí. Estoy aquí. Vivo. / En ningún sitio. En ningún nombre. Libre. »
Imagen: La recuperación de la plusvalía, Balthus.

viernes, 17 de julio de 2009

EL COMPROMISO DE OLIVIA DE HAVILLAND


Las autobiografías de los personajes públicos siempre tienen atractivo, porque permiten al lector conocer los entresijos y los chismes de una vida y su entorno. Esta curiosidad casi morbosa de la gente «común» es la que reporta tanto éxito a este tipo de libros y, en el colmo de la frivolidad, sustenta las audiencias y las tiradas de los programas de televisión y revistas «rosas».
Olivia de Havilland, una de las viejas glorias de Hollywood -la magnífica Melanie Hamilton de Lo que el viento se llevó, interpretación que le supuso su candidatura al Oscar-, cuenta muchas batallitas que seguramente gustarán a cinéfilos y mitómanos. Pero, según ella anticipa en una entrevista, en el libro hay una historia «opaca». Es decir, que no se ha llevado al primer plano y que, sin embargo, es reveladora de la conducta y sensibilidad de esta actriz ante las duras condiciones en las que debió trabajar.
En la primera mitad del siglo XX, los grandes estudios habían impuesto un régimen laboral que reducía a los actores y actrices a poco menos que esclavos y Havilland se consideraba así. Una esclava. Por este motivo, en 1943, Olivia de Havilland, decidió cambiar la situación y tomó una decisión valiente que pudo costarle su carrera. Denunció a la Warner Bros por reducir a los trabajadores a la condición de siervos, hecho que prohibía expresamente la ley «antipeonaje» de California. De Havilland recuerda que se había leído muy bien la ley «y sabía que lo que hacían los estudios estaba mal» y que por ello «estaba segura de ganar». Y ganó. «Lo que me satisface -recuerda con indisimulado orgullo- es que aquella decisión [judicial] benefició a Clark Gable, Jimmy Stewart, Glenn Ford, Henry Fonda y todos los otros actores que habían estado ausentes haciendo el servicio militar. Cuando regresaron a Hollywood, pudieron reescribir sus contratos con cláusulas más favorables».
Olivia de Havilland tenía razón. Los actores y actrices, verdaderos pilares de la industria cinematográfica, empezaron a recibir desde entonces salarios y remuneraciones acordes con los beneficios que producían las películas donde actuaban. Ahora bien, en la actualidad, la misma situación de los actores y actrices de entonces puede extrapolarse a la de los escritores profesionales españoles e hispanoamericanos, que son los pilares de la industria editorial. Las grandes editoriales - y sus «brazos armados», los packagers- como entonces los grandes estudios imponen condiciones draconianas a sus escritores mientras se quedan con la totalidad de los millones de euros que generan las obras en derechos autorales, en muchas de las cuales ni siquiera aparecen los nombres de sus autores.
Hace unos días, el pasado 8 de junio, el Gremi d'Editors de Catalunya y las asociaciones de escritores -ACEC y AELC- firmaron un acuerdo histórico que puede llegar a cambiar la situación laboral de cientos de escritores. Sin embargo, aún falta ese golpe de efecto judicial que revele a la sociedad la condición de «servidumbre» a la que han sido reducidos los autores. Cabe esperar que dicho golpe de efecto no tarde en producirse. De suceder, será como el Oscar que después consiguió la señora Olivia de Havilland por A cada uno lo suyo (1946), de Mitchel Leysen.

jueves, 9 de julio de 2009

¿QUÉ HACER CON ESO QUE LLAMAN LITERATURA?

Responder a esa sencilla e insidiosa pregunta ¿qué es literatura? no es nada sencillo. Ni siquiera Jean-Paul Sartre, entre otros filósofos, logró una respuesta satisfactoria.
Sin embargo, si de algo estoy seguro es de que no entra en su definición la mayoría de las novelas, cuentos, poemas, ensayos, etc., que ahora llenan los escaparates de las librerías, kioscos, supermercados y papelerías al tiempo que quedan en los cajones obras que los mismos responsables de su edición no consideran apropiadas para su publicación por «literarias».
La gran confusión entre lo que es y no es literatura se produjo a partir del momento en que la actividad editorial se convirtió en una industria que convirtió el producto del artista en un objeto de consumo. El hecho, como parte del proceso evolutivo de la sociedad del ocio, no tiene nada de malo en sí. Pero resulta nocivo en la medida en que esos productos concebidos con criterios mercantiles para el mero entretenimiento de las masas fagocita la creación artística impidiendo, como bosque de eucaliptos, que nada crezca bajo su sombra.
El fariseísmo mercantil no sólo alcanza a las grandes casas editoriales sino también a aquellas que, con la etiqueta de «independientes» aparecen como la respuesta seria y ofrecen como producto salvador el pretendido best-seller literario o algo parecido tocado de cierto halo intelectual mientras completan su catálogo con «clásicos rescatados». Y en este contexto, son poquísimas también las pequeñas editoriales, surgidas ahora al amparo de las nuevas tecnologías y de subsidios ministeriales, autonómicos o municipales, que no sueñan con producir un best seller o contar con un «autor mediático» que las coloquen en el candelero, y que no acaban cayendo en la tentación mercantilista traicionando sus principios u olvidando buscar los instrumentos para fortalecerse en un campo que es mucho más amplio de lo que las toneladas de papel vertidas en los escaparates y mesas de las librerías hacen suponer.
Hoy parecería que lo único digno de llamarse literatura son esas producciones costumbristas que canonizó el realismo del siglo XIX que aparecen en forma de novelas históricas, negras, de aventuras, etc., es decir, eso que llaman «literatura de género», la cual podrá generar algunas buenas obras pero que no deja de ser menor. Por eso, casi seguro, que desde hace mucho tiempo los escritores ya no se preguntan de verdad ¿qué es escribir? ¿por qué se escribe? ¿para quién?. Acaso quién sí se ha hecho algunas de estas preguntas es Koji Susuki, un exitoso escritor japonés, autor de Ring, cuya versión cinematográfica es la más taquillera de Japón. Ignoro en qué momento y en qué lugar se interrogó, pero está claro cual fue la respuesta que se dio a sí mismo y por ello acaba de publicar Drop, su última creación, en rollos de papel higiénico de la casa Hayashi Paper. La idea es un gran éxito de ventas y miles de lectores que acuden al supermercado o a la droguería ahora saben qué hacer con eso que ahora llaman literatura.
Imagen: Koji Susuki y su obra.

jueves, 2 de julio de 2009

PINA & JACKO

Michael Jackson, Jacko, y Pina Bausch, nombre artístico de Philippine Bausch, han entrado definitivamente en la leyenda. En ambos, más allá de la condición de cantante del primero, fueron sus particulares modos de bailar y entender la danza como una dramática expresión de la soledad del ser humano en un mundo desgarrado por dos guerras mundiales, y las que le han seguido, y atormentado por la engañosa felicidad de los mitos ideológicos.
En Jacko, especialmente en el desolado paisaje urbano que recrea Billie Jean como marco de una triste y común historia cotidiana, y en Pina, a partir de su célebre Café Müller, la supuesta distancia entre las formas clásica y pop de la danza parece borrarse. Aunque muchos no lo hayan advertido, acaso por prejuicio o provincianismo estético, la velocidad, la eléctrica movilidad y la desarticulación corporal de Michael Jackson son características expresivas que encuentran su complemento en la audaz lentitud y la repetición gestual a la que Pina Bausch somete el cuerpo, para expresar uno y otro por simple intuición artística la extrañeza existencial del individuo incapaz de comunicarse con el otro en un mundo donde los avances tecnológicos parecen cerrar todas las puertas de las correspondencias y condenarlo a ese autismo que sólo encuentra paisajes abiertos en las paradojas de la virtualidad.


viernes, 26 de junio de 2009

LA IDENTIDAD DE LOS PÁJAROS

Xing Xu y James Clark, palentólogos del Instituto de Paleontología Vertebrada y Paleoantropología de Pekín y de la Universidad de Washington, informan en la revista Nature del hallazgo de un pequeño dinosaurio vegetariano, que vivió hace 160 millones de años. Dado que los huesos de este animal prehistórico se fosilizaron en el fango se le llamó Limusaurus inextricabilis, que significa «lagarto atrapado en el barro».
La noticia podría pasar desapercibida como otras tantas noticias científicas, si no fuese porque este hallazgo confirma la teoría de que las alas de las aves surgieron de tres dedos de las patas de los dinosaurios, en particular los llamados terópodos, que en su mayoría son carnívoros, como el Tiranosaurio Rex, de cuya voracidad y eficacia para la caza dio cuenta la película Parque Jurásico.
En 1997, en Extraños en el paraíso, en el capítulo dedicado a «La identidad como referencia existencial y vital», señalaba cuán importante era «constatar hasta qué punto la naturaleza del hombre, su estar en el mundo, depende también de su identidad biológica.» Es decir, recordar el «origen único de la vida y la identidad común» a partir de una arqueobacteria que fue la única entidad viva del planeta durante sus primeros 2 mil millones de años.
Las poderosas intuiciones de Charles Darwin, con su teoría de la evolución de las especies; Karl Ernst von Baer, quien constató que los embriones de los distintos vertebrados presentan mayores similitudes cuanto menor es su edad, y, entre otros Ernst Haeckl, cuya «ley de la recapitulación» establece que el desarrollo embrionario reproduce la historia evolutiva de los antepasados, han permitido establecer ese común origen. Sobre estas bases y no obstante las diferentes apariencias externas es posible comprobar que existe una semejanza «en la estructura ósea de las extremidades anteriores de la ballena, el murciélago y el hombre. Semejanza homóloga, como se la denomina, que también observamos en las aletas de los peces, las alas de los pingüinos y las alas de las aves.
El eslabón perdido de esta secuencia evolutiva, enterrado en el barro durante millones de años, ha sido al fin hallado y tiene el nombre de Limusaurus inextricabilis. Ahora bien, si a lo largo de su relativamente corta historia el ser humano ha sido capaz de acumular tantos conocimientos guiados por la razón, cabe preguntarse qué error genético, qué grieta de la inteligencia, hace que tantos sigan creyendo -y hasta matando- que la identidad humana nace de la idea de nación. Ante esta enorme torpeza que distorsiona la realidad me pregunto si los dinosaurios realmente se extinguieron.
Imagen: Limusaurus inextricabilis. Nature.

jueves, 18 de junio de 2009

LA MUERTE LIBERA A OTRO ASESINO DE LA TRIPLE A

El pasado 5 de junio, Rodolfo Almirón murió en una cama de un centro hospitalario de Ezeiza, Argentina. Dicen que su mal no era ningún sentimiento de culpa sino una embolia cerebral que le sobrevino a los 73 años.
He esperado unos días antes de escribir sobre esto, porque algo en mi interior se rebela cuando la lentitud de la justicia permite que la muerte libere a quienes se han permitido la soberbia de asesinar impunemente. Este Almirón era uno de los jefes de operaciones de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), la organización parapolicial fundada por José López Rega, con la anuencia del general Juan Domingo Perón, que mató a más de mil políticos, intelectuales, diplomáticos y jóvenes y obligó al exilio a muchos más, rompiendo para siempre sus vidas y distorsionado sus lazos familiares. [Aún recuerdo las octavillas "repartidas" con una bomba de alquitrán que la Triple A hizo estallar a fines de octubre de 1975, en la plaza Mójica de Río Cuarto, con la amenaza de muerte a diez personas entre las cuales me encontraba].
Pero si doloroso es el recuerdo de aquella miserable época que prologó la dictadura militar que sucedió al gobierno peronista, repugna que estos individuos no hayan sufrido castigo alguno. Ni siquiera el de esa justicia poética que alguna vez reclamé para los responsables de crímenes de lesa humanidad condenándolos a vivir en libertad sin los atributos del poder.
Repugna asimismo que eso que se dice «pueblo argentino» siga glorificando con su voto a quienes prohijaron tanta barbarie, pues no debe olvidarse que el peronismo nació en el seno de la dictadura militar que en 1930 rompió el orden constitucional, porque había llegado la «hora de la espada», como escribió Leopoldo Lugones, ese poeta fascista que, al menos, tuvo la dignidad de volarse la tapa de los sesos.
Repugna la estupidez de esa masa bárbara que bebe las babas del diablo y ahoga a todos en la corrupción y la ignorancia. ¿Cómo decir de Argentina que es un país culto cuando aún siguen campeando a sus anchas los corruptos y los viejos torturadores envejecen en sus domicilios o mueren sin condena, disfrutando de las fortunas que les dejó el latrocinio? Quizás después de esta pregunta retórica muchos se expliquen porqué no siento ninguna nostalgia por mi país. De él sólo echo de menos a mis seres queridos, entre ellos algunos pocos amigos.
Imagen: Perón dándole el mazo a José López Rega, con el retrato de Leopoldo Lugones entre ellos. Dibujo: Bob Row.

LIBERTAD Y RESPONSABILIDAD

El confinamiento obligado por la pandemia que azota al mundo obliga más que nunca a apelar a la responsabilidad. Los medios de comunicación...