viernes, 27 de marzo de 2015

¿PENSAR EN EL LECTOR?

Ilustración de Iván Triay para "El mal de Q."

Plantear si se piensa o no en el lector a la hora de escribir es como plantear si vemos con los ojos. Toda escritura, en tanto manifestación gráfica del lenguaje hablado, es comunicación. Por lo tanto es imposible escribir para sí mismo. Ninguna escritura es autista. Siempre se escribe para un lector. Siempre se escribe para transmitir algo a otro. Aun las formas más herméticas se producen para ser interpretadas por los elegidos de mantener la ficción de lo secreto, la pervivencia de lo eléusico a través del tiempo. De aquí que toda escritura críptica siempre tenga su Rosetta. 

Leonardo da Vinci utilizaba la escritura especular con la pretensión de mantener el secreto de sus reflexiones o descubrimientos a sabiendas de que era un ingenioso obstáculo que requería cierta habilidad tanto para producirla como para leerla. Para Leonardo, su escritura especular era un recurso de disuasión para el simple o para el ladrón y al mismo tiempo un modo de conservación y transmisión del conocimiento que él había alcanzado.
De modo que todo el que escribe lo hace para transmitir un conocimiento y éste conocimiento es el que determina la clase de lector a quien va dirigido. Albert Einsten, al darle forma escrita a sus intuiciones acerca del tiempo y el espacio se preocupó primero en dejar constancia fidedigna de las mismas, consciente de que éstas sólo serían accesibles para un pequeño grupo de físicos. Fue más tarde cuando escribió una versión con la pretensión de ampliar el campo interpretativo, que tampoco sería de fácil acceso para la mayoría dada la complejidad de la materia tratada. Así, todo escrito, según la naturaleza, complejidad y hondura de lo que trata y transmite, exige para su interpretación un grado determinado de conocimiento y sensibilidad por parte de su lector.
El lector concebido como entidad genérica destinataria de la producción literaria, especialmente de las formas narrativas o líricas, es una ficción de la industria cultural. El lector como factor condicionante de la producción literaria que responde a una concepción utilitaria es un artificio correspondiente al plano mercantil, cuyo correlato es el  consumidor.
Desde esta perspectiva, la industria editorial para su beneficio requiere productores de fast books, libros de consumo rápido para satisfacer a esa masa de lectores adocenados a los cuales la dinámica mercantil ha conferido un rol protagónico. Estos autores/productores preocupados por lo que "pide el mercado", son quienes se preguntan por el lector con la pretensión de que éste sea la fuente de inspiración. Una pretensión que en realidad enmascara las pautas mercadotécnicas con las que edifica su producto. De esto se desprende que este tipo de autores naturalizados en el orden industrial no piensan en un lector emancipado para quien la lectura es, antes que un pasatiempo, un camino de crecimiento espiritual que incentiva su imaginación y su cultura, sino en un lector/cliente atento a la mesa de novedades de las librerías/mercado que activan las ventas de "sus" libros y lo entretienen en su tiempo de ocio..
Es así cómo el autor y el lector solidarios en la escritura y su lectura son reducidos a piezas necesarias del engranaje industrial en el marco del sistema capitalista. El "pensar en el lector" del autor asimilado a la industria editorial y a su aparato difusor equivale "al pensar en el gusto" del consumidor y según este gusto fabricar una literatura feble y epidérmica. La literatura sucedánea que el mercado vende como genuina en lugar de la despectivamente llamada "literatura literaria". Una literatura que requiere lectores comprometidos, capaces de interpretar, recrear y dar continuidad a los universos propuestos en las grandes obras. Es en esta clase de lectores en la que pensaban Cervantes, Shakespeare, Proust, Kafka, Faulkner, Borges y tantos otros autores de estirpe autónoma. 
La concepción liberal de la libertad, piedra angular del sistema capitalista y su consideración de la sociedad civil como un vasto mercado donde confluyen productores, mercaderes y consumidores, ha dado pábulo a la idea de que todos los individuos son iguales y que, por tanto, cualquiera puede generar obras artísticas o exigir que éstas sean accesibles a la mayoría. Sobre este error es que se celebra la ceremonia de la confusión. El arte y con él la literatura no son democráticos aunque respondan a las inquietudes comunes a los hombres o narren aproximaciones a la verdad de la condición humana y el mundo. Con este propósito, el creador consciente y responsable de su papel se ve impelido por las exigencias de su exploración a generar códigos únicos. Trazos, golpes, notas o palabras originales, que requieren destinatarios pares; destinatarios dotados de un conocimiento y de una sensibilidad apropiados para este tipo de lectura. Pero si este autor, tentado por el deseo de ser comprendido por todos o corrompido por su vanidad, apelara a un lenguaje menor y con él falseara la verdad de su relato se convierte en un impostor que engaña al lector menoscabando su inteligencia, especialmente la de aquel en quien pensaba y cuyo gusto ha seguido.