sábado, 29 de octubre de 2011

LA SOMBRA DE EVA PERÓN

Eva Perón es recibida por el general Franco ante la mirada de Carmen Polo

Eva Perón es acaso la figura más controvertida de la política argentina de la segunda mitad del siglo XX y la única que ha trascendido las fronteras locales proyectándose con una impronta mítica como heroína, en el sentido guerrero del término, de los desamparados. El documental La sombra de Evita, de Xavier Gassió, fija algunos de los elementos clave del mito y del personaje político que le dio un rostro humano al peronismo.

La sombra de Evita constituye una inteligente y humana aproximación a la vida política de Eva Perón. Su director, Xavier Gassió, ha tenido la valentía y la sensibilidad suficiente como para sortear muchos de los obstáculos que impiden mostrar lo esencial de esta mujer excepcional y contradictoria al no estar lastrado por los posicionamientos partidistas o sociales de muchos biógrafos argentinos. Un atinado uso del material fílmico del NO-DO, el Noticiario Documental del franquismo, y la realización de cuidadas entrevistas a diversos personajes son indicadores de la intención de Gassió de escapar de toda tentación hagiográfica y del peligro de ser devorado por el mito. 
En este punto cabe apuntar algunos detalles sutiles que, debido a la honestidad de la aproximación, revelan aspectos que hacen a la vida y al entorno del personaje. Significativa de la correspondencia de su personalidad con su conducta pública es la escena que la muestra descender del avión en Barajas, donde es recibida por Franco con la parafernalia de un régimen agradecido por el trigo y las judías (las peronas) que ella trae, y detenerse al pie de la escalerilla del avión para saludar a una azafata; esa otra que muestra el gesto  ¿mezquino? del general Perón tratando de apartarla del micrófono cuando, ya gravemente enferma, intenta explicar a la multitud las razones por las que no puede aceptar la vicepresidencia, o la magnífica entrevista a la enfermera que la asistió en sus últimos instantes de vida, donde, más de cincuenta años más tarde, la mujer narra emocionada  la sencilla valentía con que enfrentó la muerte.
La sombra de Evita desarrolla con buen ritmo narrativo durante setenta y cinco minutos la actividad política de una mujer no sólo carismática sino también sensible ante la situación social de los marginados y de la mujer apartada de la vida política y tratada como un animal doméstico. La pasión que la impulsa se traduce a través de sus actos, de su forma de vestir, de hablar y de tratar a las personas. En ella todo es fuego que quema y se consume. Pero, y aquí otro aspecto interesante del discurso fílmico del documental, el proceder de Eva Perón no es plano ni lineal. Las imágenes revelan paralelamente a la biografía política un proceso dinámico en el que el vestuario y el peinado del personaje pasan progresivamente del exhibicionismo hollywoodiano de los primeros tiempos de provocación a la alta sociedad a la sobriedad que corresponde a la proximidad e identificación del personaje con los trabajadores y los descamisados, y también a los sufrimientos que le causa su enfermedad, y la evolución de su discurso, siempre apasionado, del tono demagógico y barroco de la etapa fundacional del peronismo al  más concreto y afectivo al que ha llegado al final de su vida. En síntesis, La sombra de Evita es un documental inteligente y esclarecedor que merece ser visto. 

viernes, 21 de octubre de 2011

ETA ¿ADIÓS A LAS ARMAS?

Primera plana del diario Gara

ETA, grupo terrorista vasco, ha anunciado el cese de la lucha armada como vía para satisfacer la «voluntad popular» aceptando la vía política. La noticia ha causado, con razón, la felicidad a millones de ciudadanos españoles, en especial a los vascos, quienes avizoran un horizonte de paz. Sin embargo, aún queda mucho por recorrer ante de que esta paz sea efectiva y para dar a cada uno lo que se merece.

El anuncio, independientemente del impacto emocional que ha causado en la sociedad española, tiene varios puntos de análisis que afectan tanto a la banda armada como a las instituciones y actores democráticos. Por el lado de la banda terrorista, cabe apuntar que ha dado el paso forzada por los acontecimientos, sobre todo por los originados por la extraordinaria eficacia de las fuerzas del orden público españolas, apoyadas por las francesas. 
Convertida su estructura operativa en una suerte de gran queso gruyere y reducidos sus contingentes a medio centenar de individuos, la mayoría carente de autoridad dentro del mismo grupo, ETA ya era un estorbo para las bases de la autodenominada izquierda abertzale (patriótica), que pretendía entrar en el juego democrático y resolver por esta vía lo que ella llama «conflicto político vasco». De modo que este no era un hecho menor para que ETA decidiera el cese de su actividad armada, para cuyo anuncio necesitó de una escenificación legitimadora y justificativa que le fue proporcionada por la llamada Conferencia Internacional de Paz. Sin embargo, ETA no ha dicho nada de su disolución y algunos miembros de la ex Batasuna han declarado que «el conflicto» no está resuelto. 
Considerar que ha llegado a renunciar a las armas no como resultado de las circunstancias políticas, sociales y policiales sino como logro de su lucha armada, como llama a sus acciones terroristas, podría ser pueril si no fuese porque con tal apelación oculta tanto su debilidad operativa como su falta de arrepentimiento por los crímenes cometidos. Tampoco aludió a sus activistas, ni a sus presos ni se quitaron la capucha para escenificar en el nuevo escenario político la veracidad de sus intenciones y la asunción de sus responsabilidades. De modo que hay que alegrarse por el anuncio, pero de ningún modo bajar la guardia hasta que sean sólo un desagradable recuerdo.
Otra cuestión derivada del anuncio de «cese definitivo de la lucha armada» de los etarras es la reacción del Gobierno y de los partidos políticos. Todo ha sido educado y políticamente correcto. Sin embargo, como ciudadano creo que es importante decir las cosas como son. Para el Gobierno y el PSOE, la política antiterrorista siempre ha sido una cuestión de Estado y, por lo tanto, las declaraciones institucionales y de partido han estado en consonancia hablando de la victoria del Estado de derecho y de la unidad de los demócratas. El Partido Popular ha dicho más o menos lo mismo. 
Todo esto es cierto y el Gobierno muestra su coherencia al no reclamar para sí la victoria sobre la banda terrorista, pero los ciudadanos españoles saben que esto no ha sido de verdad así y que la lucha antiterrorista ha sido esgrimida como arma electoral (Por ejemplo, ante el anuncio etarra, Canal 9 ha creído innecesario emitir un reportaje sobre los GAL) por el Partido Popular. Basta recordar la crispación social que el PP alimentó cuando el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero -a quien se llegó a acusar de traicionar la «sangre de las víctimas»-, impulsó el proceso de paz animado por el deseo de acelerar su consecución. El fracaso del proceso cabe atribuirlo sobre todo a la estupidez de los terroristas, pero también le corresponde una cuota de responsabilidad a la actuación desleal del partido de la oposición que no cerró filas detrás del Gobierno, cegado como estaba por la ira causada por una derrota electoral injusta, según sus dirigentes. 
Pasada esa legislatura y centrado el Gobierno en la acción policial y el ahogamiento de las vías de sustento político y financiero de ETA y no obstante los éxitos que se iban obteniendo, el PP no se retrajo en seguir esgrimiendo electoralmente la política antiterrorista ante el temor de que sucediera lo que ha sucedido y el PSOE pudiera llevarse los réditos políticos en unas elecciones. Hasta ahora, y no parece que lo vayan a hacer, ni el Gobierno ni el Partido Socialista han dicho esta victoria es mía, porque no es caballeroso que ellos lo digan y porque en realidad no es enteramente de ellos, pero los ciudadanos españoles saben, o deberían saberlo, que la existencia de un Gobierno vasco de color socialista y la decisión y coraje con que Gobierno central afrontó la lucha contra ETA tras el atentado de la T4 en Barajas han sido determinantes para el cese del terror en Euskadi. Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

sábado, 8 de octubre de 2011

LA BEATIFICACIÓN DE STEVE JOBS


La muerte de Steve Jobs, fundador de Apple y gurú de las nuevas tecnologías, ha generado, con la activa intervención de los medios de comunicación, una oleada de reacciones que lo llevan directamente a los altares. 

Nadie puede negar los grandes aportes tecnológicos que ha hecho Steve Jobs y lo que esos aportes han tenido de revolucionarios para la vida cotidiana de millones de personas. Pero a las personas, sean famosas o no hay que darles el comedido tratamiento que se merecen como individuos humanos y no como súper héroes que han llegado al planeta a salvar la humanidad. Steve Jobs fue un individuo talentoso y tuvo el empeño suficiente para encauzar su talento con resultados admirables, pero no es posible sacarlo del contexto y convertirlo en una santón tocado por el rayo divino. Jobs fue un hombre con un especial olfato para el marketing que le sirvió para vender sus productos y a sí mismo.
Los filósofos de la Escuela de Frankfurt apuntaron que la alienación y cosificación de la sociedad se debía a «la razón instrumental». En la práctica esta «razón instrumental» se traduce en conductas reñidas con la ética en todos los campos de la actividad humana; conductas escandalosamente frecuentes en las fórmulas publicitarias y de venta, en los medios de comunicación y en la propaganda política. En el célebre discurso que «beatifica» a Steve Jobs late esa filosofía del pragmatismo exitista que, al parecer, justifica una vida. En él viene a decir, como apunta Enrique de Hériz, «mi vida estuvo a punto de ser una solemne mierda en diversas ocasiones, pero el soberbio triunfo profesional la vuelve admirable». En este sentido, resulta sintomático que el mismo Jobs autorizara, acaso no sin sentimiento de culpa, a Walter Isaacson -autor también de una magnífica biografía de Einstein- a publicar su biografía cuanto antes «para que mis hijos me conozcan y sepan la razón por la que nunca estaba con ellos».