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LA BEATIFICACIÓN DE STEVE JOBS


La muerte de Steve Jobs, fundador de Apple y gurú de las nuevas tecnologías, ha generado, con la activa intervención de los medios de comunicación, una oleada de reacciones que lo llevan directamente a los altares. 

Nadie puede negar los grandes aportes tecnológicos que ha hecho Steve Jobs y lo que esos aportes han tenido de revolucionarios para la vida cotidiana de millones de personas. Pero a las personas, sean famosas o no hay que darles el comedido tratamiento que se merecen como individuos humanos y no como súper héroes que han llegado al planeta a salvar la humanidad. Steve Jobs fue un individuo talentoso y tuvo el empeño suficiente para encauzar su talento con resultados admirables, pero no es posible sacarlo del contexto y convertirlo en una santón tocado por el rayo divino. Jobs fue un hombre con un especial olfato para el marketing que le sirvió para vender sus productos y a sí mismo.
Los filósofos de la Escuela de Frankfurt apuntaron que la alienación y cosificación de la sociedad se debía a «la razón instrumental». En la práctica esta «razón instrumental» se traduce en conductas reñidas con la ética en todos los campos de la actividad humana; conductas escandalosamente frecuentes en las fórmulas publicitarias y de venta, en los medios de comunicación y en la propaganda política. En el célebre discurso que «beatifica» a Steve Jobs late esa filosofía del pragmatismo exitista que, al parecer, justifica una vida. En él viene a decir, como apunta Enrique de Hériz, «mi vida estuvo a punto de ser una solemne mierda en diversas ocasiones, pero el soberbio triunfo profesional la vuelve admirable». En este sentido, resulta sintomático que el mismo Jobs autorizara, acaso no sin sentimiento de culpa, a Walter Isaacson -autor también de una magnífica biografía de Einstein- a publicar su biografía cuanto antes «para que mis hijos me conozcan y sepan la razón por la que nunca estaba con ellos». 

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