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LA [MALA] LENGUA COMO SIGNO [EQUÍVOCO] DE EQUIDAD

La lengua es un soberbio y sólido sistema de comunicación humana, que va absorbiendo progresivamente los cambios que impone la evolución social, cultural, científica y tecnológica. Sin embargo, como nunca la lengua se ha tornado vulnerable a la acción de los agentes corruptores que genera el poder político y económico para salvaguarda de su propósitos hegemónicos. Estos agentes son los que impulsan las corrientes que acaban creando incomprensión, violencia e infelicidad que afecta la salud moral de los individuos. De aquí que la principal responsabilidad social de un poeta, de un docente y de todo aquel encargado de educar y transmitir conocimiento sea cuidar del buen uso de la lengua y devolver a la palabra la autoridad de su decir.


Desde hace varias décadas, los más altos grupos de poder que gobiernan el mundo emprendieron una portentosa campaña de vaciamiento -fundamentalmente ético- de las palabras. Así, vocablos como tortura, liberación, revolución, pueblo, etc. han sufrido desplazamientos de sus campos semánticos que tienden a aminorar su impacto en la conciencia social, al mismo tiempo que otras, como dictadura, asesinato, masacre, genocidio, terrorismo, fascismo, etc. son sustituidas por eufemismos o expresiones vagas que difuminan su verdadero sentido en el imaginario de la comunidad. La intensidad con que se realizan estas manipulaciones a través de los medios de comunicación y de intelectuales comprometidos con el sistema acaba por naturalizar en el habla sus equívocos y contrasentidos. En este proceso de extraordinaria complejidad no es fácil detectar las tergiversaciones y las trampas y, por esto, es que quiero llamar la atención sobre algunas de ellas. 
Por ejemplo, durante el conflicto de los docentes iniciado en Argentina en los primeros meses del 2017, el Gobierno amenazó al sector con recurrir a voluntarios para que los suplieran en sus puestos de trabajo. La reacción de los maestros y profesores fue inmediata pero equivocada porque cayó en la trampa semántica tendida por el poder. En general hubo un rechazo generalizado de los docentes descalificando al voluntario, cuando éste en realidad es aquel dispuesto a colaborar o realizar una tarea solidaria y desinteresada en beneficio de otro u otros. Históricamente esta palabra viene munida de un reconocimiento moral que se destruye con su menoscabo por parte de los agentes sociales que se ven afectados por la acción de quien, supuestamente, la encarna. Los maestros, sin embargo, no habían advertido que se trataba de un impostor, un esquirol, un carnero o un rompehuelga que al disfrazarse con la piel del voluntario atenuaba el rechazo social al ser equiparado profesionalmente a los trabajadores en conflicto y al mismo tiempo se le daba una categoría moral de la que carecía.
Yendo más allá, los docentes al aceptar la designación que el poder otorgaba al impostor y no darle él su verdadero nombre contribuía inocentemente a la degradación de la palabra perversamente utilizada.
En la misma trampa caen también grupos feministas o progresistas cuando, con el pretexto de alcanzar la equidad sexual, hacen un mal uso funcional del género gramatical del castellano al confundir éste con el sexo. El género en la lengua española es una categoría gramatical sin vínculo biológico. Así tenemos que hombre es una palabra de género masculino que designa genéricamente a la especie humana, incluyendo en ésta tanto a la hembra como al varón, lo mismo que persona, voz de género femenino, que refiere tanto al varón como a la mujer. La desvinculación biológica del género la podemos observar, por ejemplo en espada, género femenino, o semáforo, género masculino, sin que ninguno de estos dos sustantivos tengan correspondencias sexuales.
Este equivocado posicionamiento en el habla y en la escritura lleva a una peligrosa aberración lingüística cuando estos grupos, con absoluta frivolidad y desconocimiento de las estructuras de la lengua, llegan a sustituir letras de determinadas palabras por "x", creyendo establecer la homosexualidad o la transexualidad como un tercer sexo - cuando en realidad es una tendencia o una opción sexual de los individuos- o, peor aún, cuando se emplea la arroba ( @.) Éste signo se registra ya en el siglo XV, según el testimonio más antiguo comprobado en lengua castellana para designar la arroba, una medida de peso equivalente a la cuarta parte de un quintal (11,502 kg). En la tradición anglosajona al parecer se utilizó @ como "at", derivado del latín "ad", que significa "junto a", pero el uso que se hace hoy es una torpe pretensión de igualitarismo sexual según la cual la @ es una forzada y simplista equivalencia visual de las letras "o" masculina envolviendo a la femenina "a", cuyo frívolo uso  atenta contra las leyes establecidas de la gramática, dificulta la comunicación y favorece las políticas corruptoras del sistema. 

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