sábado, 5 de enero de 2008

Poética del suicidio

En vísperas de Navidad, una muchacha alicantina, antes de irse a la cama a dormir, salió en pijama de su casa «para aparcar su coche». No regresó. Casi una semana más tarde, su cuerpo desnudo «parecía estar durmiendo» en la cima de una montaña de unos mil metros, según alguien que la descubrió desde el cielo mientras practicaba parapente.
Todo parece indicar que María Dolores Yeste, tal el nombre de la muchacha, despojándose de sus ropas y de su calzado, ascendió desnuda y descalza el monte para morir de frío en la cumbre. De haber sucedido todo así cabe preguntarse ¿qué frío anterior la llevó a conciliar el sueño al filo de las nubes? ¿Qué dolorosa indiferencia la apartó de la vida? ¿Qué voz inoída la devolvió al silencio del nonato?
Incluso cuando deciden morir las mujeres dejan una estela de misterio que evoca el origen; hay algo de sagrado y de supremo sacrificio en su último gesto –pienso en Alfonsina Storni, en Virginia Woolf, en Marilyn Monroe- que constrasta con la brutal aceptación de la derrota de los hombres educados en la violencia. Ellos se descerrajan un tiro, se abren el vientre o se ahorcan. Aún así, ni en unas ni en otras de estas muertes hay comunión con el mundo. Son muertes individuales de rechazo y renuncia a la vida. De insoportable extranjeridad.
En La ley de la vida, Jack London cuenta la historia de Koskoosh, un viejo inuit a quien, cuando en el hábitat inhóspito que ocupa la tribu ya nada puede hacer, su hijo lleva a la tundra helada para que muera, como es la costumbre, para que el grupo sobreviva. «Luego -escribe London- su mano se arrastró, presurosa, hacia la leña; era lo único que se interponía entre él y la eternidad que se abría ante él. Finalmente, la medida de su vida era un manojo de leños». Un manojo, y no un leño solo, que se extinguía sobre la nieve, para que el fuego que dejaba atrás siguiera ardiendo. [Grabado: La doncella y la muerte, de Edvard Munch-Museo Munch de Oslo, Noruega]

miércoles, 2 de enero de 2008

Xaime Quessada atraviesa el espejo

El pasado domingo 30 de diciembre, murió a los setenta años, en su casa de Ourense, el pintor, grabador y escenógrafo Xaime Quessada Porto, uno de los artistas plásticos más relevantes de la segunda mitad siglo XX, de Galicia.
A él le debo la ilustración de portada de la segunda edición en castellano de El Quijote a través del espejo y de la primera en gallego, O Quixote a través do espello. A pesar del carácter figurativo con que dibujó la portada, aureolados don Quijote y Sancho por un sol rojo, que les daba un aire de viejos samurais castellanos, Xaime, pintor social y políticamente comprometido, cultivaba una pintura abstracta que recogía en la tensión de los colores y del trazo el caos de un mundo sacudido por la violencia.
Él, que no fue ajeno a la influencia de Picasso, cuyo Gernika reprodujo con la misma devoción que éste revisó Las meninas de Velázquez, ha atravesado finalmente el espejo para explorar otras realidades, como hacía con su pintura . [Foto Máis Alá]

martes, 1 de enero de 2008

Todas las mañanas del mundo


La remasterización de Tous les matins du monde me ha permitido volver a ver esta película. Basada en el libro La lección de música, de Pascal Quignard y dirigida por Alain Corneau, cuenta con la banda sonora a cargo de Jordi Savall. El filme, ambientado en el siglo XVII francés, trata de la vida del músico Marin Marais [Guillaume y Gérard Depardieu] y de la relación con el enigmático viologambista señor de Saint-Colombe [Jean-Pierre Marielle].
«Todas las mañanas del mundo son caminos sin retorno», dice en un momento Marais al evocar la tormentosa relación con su maestro. Éste, que oía la música en el viento, en el llanto de su hija y hasta en la meada de un hombre, no consideraba a Marais un músico, sino un «equilibrista», un músico menor. Pero, conmovido «por vuestro dolor, no por vuestro arte», Saint-Colombe acepta a regañadientes enseñar los secretos de la viola da gamba a Marais. Lo hace porque para él la verdadera música es expresión de un misterio no humano, la voz con la que se expresan los muertos y los que aún no han nacido. Quiere decir, que el verdadero arte nace del dolor, no del afán de gloria.
Es encomiable la defensa que Saint-Colombe hace de su autonomía como artista y de la concepción de su arte [rechaza con altivez la pretensión del rey de hacerlo músico de la corte]. Es un hombre libre, que no sólo no acepta las imposiciones del poder, sino que tampoco está dispuesto a entretener a sus representantes. Un artista no es un bufón ni, en relación a su obra, un maestro.
«El artista es un viajero del tiempo y del espacio cuya carta de navegación –su creación - es el mapa de su propia exploración del mundo», he escrito en un ensayo. Sin embargo, cuando el artista acepta asumir la condición de maestro para transmitir los conocimientos adquiridos y las herramientas empleadas en la creación de su obra, este artista ha de comportarse con el rigor que exige su arte, pero también con la humildad de un sabio. De aquí que resulte chocante el desprecio que Saint-Colombe le manifiesta al joven Marin Marais, aunque vea que el virtuosismo técnico del discípulo es superior a la idea que éste tiene de la música.