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Poética del suicidio

En vísperas de Navidad, una muchacha alicantina, antes de irse a la cama a dormir, salió en pijama de su casa «para aparcar su coche». No regresó. Casi una semana más tarde, su cuerpo desnudo «parecía estar durmiendo» en la cima de una montaña de unos mil metros, según alguien que la descubrió desde el cielo mientras practicaba parapente.
Todo parece indicar que María Dolores Yeste, tal el nombre de la muchacha, despojándose de sus ropas y de su calzado, ascendió desnuda y descalza el monte para morir de frío en la cumbre. De haber sucedido todo así cabe preguntarse ¿qué frío anterior la llevó a conciliar el sueño al filo de las nubes? ¿Qué dolorosa indiferencia la apartó de la vida? ¿Qué voz inoída la devolvió al silencio del nonato?
Incluso cuando deciden morir las mujeres dejan una estela de misterio que evoca el origen; hay algo de sagrado y de supremo sacrificio en su último gesto –pienso en Alfonsina Storni, en Virginia Woolf, en Marilyn Monroe- que constrasta con la brutal aceptación de la derrota de los hombres educados en la violencia. Ellos se descerrajan un tiro, se abren el vientre o se ahorcan. Aún así, ni en unas ni en otras de estas muertes hay comunión con el mundo. Son muertes individuales de rechazo y renuncia a la vida. De insoportable extranjeridad.
En La ley de la vida, Jack London cuenta la historia de Koskoosh, un viejo inuit a quien, cuando en el hábitat inhóspito que ocupa la tribu ya nada puede hacer, su hijo lleva a la tundra helada para que muera, como es la costumbre, para que el grupo sobreviva. «Luego -escribe London- su mano se arrastró, presurosa, hacia la leña; era lo único que se interponía entre él y la eternidad que se abría ante él. Finalmente, la medida de su vida era un manojo de leños». Un manojo, y no un leño solo, que se extinguía sobre la nieve, para que el fuego que dejaba atrás siguiera ardiendo. [Grabado: La doncella y la muerte, de Edvard Munch-Museo Munch de Oslo, Noruega]

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