martes, 1 de enero de 2008

Todas las mañanas del mundo


La remasterización de Tous les matins du monde me ha permitido volver a ver esta película. Basada en el libro La lección de música, de Pascal Quignard y dirigida por Alain Corneau, cuenta con la banda sonora a cargo de Jordi Savall. El filme, ambientado en el siglo XVII francés, trata de la vida del músico Marin Marais [Guillaume y Gérard Depardieu] y de la relación con el enigmático viologambista señor de Saint-Colombe [Jean-Pierre Marielle].
«Todas las mañanas del mundo son caminos sin retorno», dice en un momento Marais al evocar la tormentosa relación con su maestro. Éste, que oía la música en el viento, en el llanto de su hija y hasta en la meada de un hombre, no consideraba a Marais un músico, sino un «equilibrista», un músico menor. Pero, conmovido «por vuestro dolor, no por vuestro arte», Saint-Colombe acepta a regañadientes enseñar los secretos de la viola da gamba a Marais. Lo hace porque para él la verdadera música es expresión de un misterio no humano, la voz con la que se expresan los muertos y los que aún no han nacido. Quiere decir, que el verdadero arte nace del dolor, no del afán de gloria.
Es encomiable la defensa que Saint-Colombe hace de su autonomía como artista y de la concepción de su arte [rechaza con altivez la pretensión del rey de hacerlo músico de la corte]. Es un hombre libre, que no sólo no acepta las imposiciones del poder, sino que tampoco está dispuesto a entretener a sus representantes. Un artista no es un bufón ni, en relación a su obra, un maestro.
«El artista es un viajero del tiempo y del espacio cuya carta de navegación –su creación - es el mapa de su propia exploración del mundo», he escrito en un ensayo. Sin embargo, cuando el artista acepta asumir la condición de maestro para transmitir los conocimientos adquiridos y las herramientas empleadas en la creación de su obra, este artista ha de comportarse con el rigor que exige su arte, pero también con la humildad de un sabio. De aquí que resulte chocante el desprecio que Saint-Colombe le manifiesta al joven Marin Marais, aunque vea que el virtuosismo técnico del discípulo es superior a la idea que éste tiene de la música.