jueves, 18 de junio de 2009

LA MUERTE LIBERA A OTRO ASESINO DE LA TRIPLE A

El pasado 5 de junio, Rodolfo Almirón murió en una cama de un centro hospitalario de Ezeiza, Argentina. Dicen que su mal no era ningún sentimiento de culpa sino una embolia cerebral que le sobrevino a los 73 años.
He esperado unos días antes de escribir sobre esto, porque algo en mi interior se rebela cuando la lentitud de la justicia permite que la muerte libere a quienes se han permitido la soberbia de asesinar impunemente. Este Almirón era uno de los jefes de operaciones de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), la organización parapolicial fundada por José López Rega, con la anuencia del general Juan Domingo Perón, que mató a más de mil políticos, intelectuales, diplomáticos y jóvenes y obligó al exilio a muchos más, rompiendo para siempre sus vidas y distorsionado sus lazos familiares. [Aún recuerdo las octavillas "repartidas" con una bomba de alquitrán que la Triple A hizo estallar a fines de octubre de 1975, en la plaza Mójica de Río Cuarto, con la amenaza de muerte a diez personas entre las cuales me encontraba].
Pero si doloroso es el recuerdo de aquella miserable época que prologó la dictadura militar que sucedió al gobierno peronista, repugna que estos individuos no hayan sufrido castigo alguno. Ni siquiera el de esa justicia poética que alguna vez reclamé para los responsables de crímenes de lesa humanidad condenándolos a vivir en libertad sin los atributos del poder.
Repugna asimismo que eso que se dice «pueblo argentino» siga glorificando con su voto a quienes prohijaron tanta barbarie, pues no debe olvidarse que el peronismo nació en el seno de la dictadura militar que en 1930 rompió el orden constitucional, porque había llegado la «hora de la espada», como escribió Leopoldo Lugones, ese poeta fascista que, al menos, tuvo la dignidad de volarse la tapa de los sesos.
Repugna la estupidez de esa masa bárbara que bebe las babas del diablo y ahoga a todos en la corrupción y la ignorancia. ¿Cómo decir de Argentina que es un país culto cuando aún siguen campeando a sus anchas los corruptos y los viejos torturadores envejecen en sus domicilios o mueren sin condena, disfrutando de las fortunas que les dejó el latrocinio? Quizás después de esta pregunta retórica muchos se expliquen porqué no siento ninguna nostalgia por mi país. De él sólo echo de menos a mis seres queridos, entre ellos algunos pocos amigos.
Imagen: Perón dándole el mazo a José López Rega, con el retrato de Leopoldo Lugones entre ellos. Dibujo: Bob Row.