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LA SUPERSTICIÓN MEDIÁTICA

Tras la Segunda Guerra Mundial, el mundo quedó dividido en dos grandes bloques ideológicos que libraron hasta la caída del muro de Berlín, en 1989, la llamada «guerra fría». Ante la amenaza del comunismo, las potencias occidentales activaron la más soberbia campaña de propaganda que, sustentada en los fundamentos liberales, tuvo como bandera la sociedad del bienestar. En este contexto, las fuerzas capitalistas desarrollaron con extraordinario ímpetu la sociedad de consumo hasta establecer en pocas décadas el concepto de mercado como rector de la vida de individuos y pueblos.
El nuevo culto, si bien aceleró notables progresos científicos y tecnológicos que elevaron el nivel de vida en los países industrializados, no sólo ahondó las diferencias entre ricos y pobres, sino que impuso y naturalizó conductas y valores pervertidos, que han afectado las relaciones sociales y los gustos y percepciones que los individuos tienen de las personas y las cosas. Es así como ha sido consagrado el culto del número, la cifrada divinidad que revela las verdades a través de la estadística y designa a las masas como profetas de la bondad y la calidad.
Toda religión se sostiene en una superstición y el culto del número es alimentado por la superstición mediática. Esta superstición, al mismo tiempo que anula la capacidad individual de crear, imaginar, opinar, sentir y ver, que reduce el pensamiento y el discurso político a etiquetas y eslóganes, crea una realidad virtual en la que los individuos de carne y hueso creen no existir si no están en dicha realidad. Una realidad en la que el pensamiento único, el estilo internacional, la corrección política, la crónica, etc. se levantan como oscuros eufemismos que ocultan la verdadera, compleja y dramática realidad del mundo. ¿Qué hacer entonces, sino resistir atrincherado en tus principios y, como digo en unos versos de Nadadores de altura: «Y nadar. Y decir. Y nadar. Y decir./Al fin, decir. Estoy aquí. Estoy aquí. Vivo. / En ningún sitio. En ningún nombre. Libre. »
Imagen: La recuperación de la plusvalía, Balthus.

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