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¿CUALQUIERA PUEDE ESCRIBIR?

La proliferación de los talleres de escritura induce a responder afirmativamente a la pregunta -retórica, por cierto- de si cualquiera puede escribir. El titular de una nota publicada en El imparcial del 29 de agosto firmada por Elena Viñas reza: «Usted también puede convertirse en un escritor o poeta de éxito». Esto, según la autora, es posible porque «ha llegado el momento de democratizar la literatura». Pero, difícilmente los talleres pueden contribuir a «democratizar» la literatura porque por un lado dichos talleres no enseñan esta materia sino redacción y por otro porque la literatura, la creación literaria, no es democratizable.
El dominio de una técnica, en este caso de la escritura, no implica que el producto constituya una obra de arte. El conocimiento técnico de la escritura -gramática, sintaxis, estilo, etc.- es un factor importante en la medida que pueda combinarse con otros (sensibilidad, compromiso artístico, cultura, capacidad de fabulación y de observación de las cosas del mundo y de la naturaleza humana, etc.), pero inútil si el pretendido escritor carece de estos atributos, que en su conjunto constituyen el llamado talento. Quiero decir que la literatura, en tanto creación artística y no mera recreación documental de la realidad, no es atributo de las masas populares sino de individuos dotados para su ejercicio.
También es falaz la idea de que un escritor o un poeta lo sean por tener éxito y reconocimiento público. Ni el éxito ni el reconocimiento determinan la condición de artista, como tampoco el carácter literario -artístico- de un libro. El hecho de que Dan Brown, Ruiz Zafón o Falcones, por ejemplo, sean mundialmente conocidos no significa que sean creadores ni que sus libros sean obras literarias. En todo caso son escritores de oficio capaces de elaborar un sucedáneo de obra literaria que responde a los intereses de la industria editorial y a las tendencias o las modas que ésta impone al lector/consumidor en el contexto mercantil de la cultura de masas. De modo que no hay que engañarse. Los talleres, salvo aquellos que, supliendo las carencias universitarias, enseñan a los alumnos a leer y analizar las obras descubriéndoles ciertas pulsiones de la creación artística, y a considerar aspectos fundamentales de la tradición literaria, sólo suscitan mecánicos pero no ingenieros; ayudan a desarrollar una habilidad, pero no el ingenio, y menos a adquirir una cultura literaria.
En una sociedad democrática, el arte ha de estar al alcance de todos, pero esto no significa que el acto creador sea patrimonio de todos, pues sus exigencias para una exploración honda y sincera de la realidad del mundo y del alma humana son elevadas y excluyen, por su carácter corruptor, los condicionantes históricos, políticos, ideológicos, económicos o de oportunidad.
Para justificar el supuesto proceso democratizador de la literatura, Elena Viñas se pregunta «¿por qué no íbamos a poder emular a los escritores que admiramos?» sin darse cuenta de que acaba hablando de imitación en lugar de creación, de impostura en lugar de originalidad. Así, mal que les pese a muchos la escritura de una novela, un cuento o un poema genuinos seguirá siendo «monopolio de los tocados por la varita del talento innato», para decirlo con sus palabras.

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