miércoles, 23 de septiembre de 2009

LA AUTORIDAD DEL MAESTRO

Poco antes de ser guillotinada, durante los días de terror de la Revolución francesa, Madame Roland exclamó «¡Libertad, libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!». Parafraseando estas palabras bien podría decir «¡Democracia, cuántos abusos se hacen en tu nombre!».
La crecimiento de las urbes en combinación con los avances científico tecnológico ha traído aparejado un radical cambio en los hábitos y costumbres sociales que las sociedades democráticas han procurado asimilar bajo el paradigma de la igualdad ciudadana y las libertades individuales y colectivas. En este proceso, que ha afectado a la estructura familiar, durante mucho tiempo se mantuvo un cierto equilibrio entre la tutela paternal y la estatal en relación a la educación de los hijos. Equilibrio donde la autoridad parental se proyectaba como referencia principal de las pautas de conducta del educando y la estatal, ejercida a través del maestro, lo hacía como factor de instrucción particular y a la vez de educación social. Tanto padres como maestros eran conscientes de que el éxito en la formación y educación ciudadana del niño dependía de ese equilibrio y que éste se sustentaba en el reconocimiento y respeto mutuos.
El debilitamiento de la autoridad de padres y maestros debido a múltiples factores, al que no es ajeno un inconsciente sentimiento de culpabilidad o de ansiedad paternal por recobrar la ascendencia sobre sus hijos, y una errónea concepción de la democratización del trato y las relaciones sociales ha dado lugar a la vulgarización del ámbito escolar y a la falta de respeto tanto a padres como a maestros por parte de los alumnos, al apoyo acrítico a sus hijos de padres que, impotentes para educarlos, se niegan a reconocer la tutela de los maestros, y, consecuentemente, a la vulnerabilidad de éstos.
Ahora se pretende sancionar una ley con el objetivo de restaurar la autoridad del maestro frente a los abusos y agresiones de alumnos y padres. Sin embargo, la autoridad del maestro no emana de las leyes, sino de ese contrato tácito que se establece con los padres del educando a partir del mismo momento en que éstos deciden enviar sus hijos a una escuela. Por lo tanto, antes que una ley se hace necesario que tanto padres como maestros reflexionen sobre sus respectivos roles y que toda autoridad surge del respeto entre las personas. Es erróneo pensar que un maestro es igual a sus discípulos, pues si así fuera éstos no tendrían necesidad de él. De modo que la autoridad del maestro se basa en el respeto que merece su condición y su saber, lo que hace que el trato entre uno y otros dentro de los centros escolares esté sujeto a un protocolo de actuación y comportamiento orientado a la formación de ciudadanos educados en los valores éticos de la democracia.
Imagen: El maestro de escuela, René Magritte