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PROSTITUCIÓN CALLEJERA


En determinados barrios de grandes ciudades europeas la prostitución callejera se ha convertido en un grave problema de salubridad, higiene y seguridad sociales, cuyo origen está en las organizaciones mafiosas que controlan esta actividad y determinan las malas formas de su ejercicio.
Como se ha demostrado a lo largo de la historia ninguna política represiva contra la prostitución ha sido efectiva porque este tipo de trato sexual es un recurso de defensa social creado por la civilización que sólo parece admitir medidas de control. Las antiguas religiones, al tiempo que se beneficiaban de la «ofrenda» para financiar los gastos ocasionados por el culto, impusieron este control ofreciendo en los templos este servicio de atemperación del macho como pretendido tributo a los dioses. Le llamaban prostitución sagrada. Probablemente fue el griego Solón, quien hacia el siglo VI a.C. organizó por primera vez la prostitución religiosa creando el dicterion, «templo» laico de trato sexual, donde los usuarios pagaban un impuesto, el pornikotelos. Más tarde, los romanos clasificaron a las servidoras sexuales en categorías, según el lugar donde ejercían, y llamaron prostibulae (postro-stiti, «estar en venta», de statuere, colocar), a las que, exentas de impuestos, ejercían sus tratos carnales frente a las casas o lugares abiertos. De modo que prostituta es aquella que oficia expuesta a la mirada pública.
Ahora bien, erradicar la prostitución de su hábitat natural, donde acarrea problemas de orden público y de higiene, exige elevar a las prostitutas de categoría y darles un lugar donde puedan cumplir con su oficio. Esta medida compromete a las autoridades a ejercer un mayor control de las condiciones laborales y de salubridad en que trabajan miles de mujeres, quienes se enfrentan al carácter mafioso de los "empresarios-proxenetas" vinculados a organizaciones dedicadas a la trata de mujeres, que tienden a reducirlas a la condición de esclavas, y como tales obligadas en muchos casos a ingerir vitaminas y hormonas para que den un mayor rendimiento «laboral», sometidas al chantaje por su condición de extranjeras sin papeles o amenazadas con prácticas de hechicería o vudú, como sucede con las mujeres procedentes del África subsahariana.
No obstante estas situaciones e independientemente de que la mayoría de las personas no necesite de ella, no conviene pensar en la prostitución como una actividad delictiva o inmoral. La prostitución es la forma que, en sus albores, las sociedades humanas encontraron para controlar la agresividad instintiva del macho primitivo en celo, el cual fue «civilizado» induciéndolo, en lugar de arrastrar a la hembra hasta la cueva o someterla donde la encontrase, a establecer un trato consentido con ella y retribuirle por permitirle su desahogo sexual.
Una de las responsabilidades de todo Estado democrático es cuidar de la salud y del bienestar de los ciudadanos, por lo que es su obligación mediante la voluntad política de los gobernantes articular todos medios necesarios para mantener la armonía y la sana convivencia social al margen de prejuicios morales y religiosos, y dar a las prostitutas los espacios y las condiciones idóneas para el ejercicio de su actividad, y a la ciudadanía en general el pleno disfrute de los espacios públicos.

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