martes, 30 de octubre de 2007

Nacionalismos


Con Leonardo Valencia, escritor ecuatoriano autor de «El libro flotante Caytran Dölphin», solemos mantener entusiastas charlas sobre libros y hacernos préstamos controlados. Hace unos días me dejó sobre la mesa de trabajo «Historias del señor Keuner», de Bertolt Brecht. Abrí una página al azar y leí un título: «El amor a la patria, el odio a las patrias» y enseguida el siguiente fragmento:
El señor Keuner no consideraba necesario vivir en un país determinado. Decía:
- En cualquier parte puedo pasar hambre.
Pero, paseando en cierta ocasión por una ciudad ocupada por el enemigo del país donde vívía, le salió al encuentro un oficial de ese enemigo y lo obligó a bajar de la acera. El señor Keuner bajó y se dio cuenta de que estaba indignado con ese hombre, y no sólo con él, sino sobre todo con el país al cual pertenecía, al extremo de desear que lo borrasen de la superficie de la Tierra.
- ¿Por qué razón- preguntó el señor Keuner- me convertí en ese instante en un nacionalista? Porque me encontré con un nacionalista. Por eso es preciso aniquilar la estupidez, pues vuelve estúpidos a quienes se encuentran con ella [...].
Lo que sigue es un comentario sobre al amor a la patria, pero la cuestión es que al llegar aquí me dije: «al menos por esto no soy estúpido».