lunes, 30 de marzo de 2009

MORTANDAD ANIMAL

Desde que debido a su inteligencia se independizó del reino animal, el ser humano perdió su inocencia. Sólo él ha sido capaz de modificar su entorno y adecuarlo a sus necesidades. En este proceso surgieron y se perdieron civilizaciones alcanzando cada vez magnitudes más grandes y complejas de vida. Sin embargo, el costo que ha tenido que pagar no sólo ha condenado a la masificación y explotación de miles de individuos, sino también a la quiebra del equilibrio ecológico del planeta, que se manifiesta a través de múltiples síntomas, como el cambio climático, la contaminación atmosférica, terrestre e hídrica, la desertización, etc.
A causa de esta brutal irresponsabilidad humana las especies animales sufren verdaderas catástrofes que las sitúan al borde de la extinción. Más de 1.300 pingüinos magallánicos han aparecido muertos al sur de Chile. Desde 2005, estas aves antárticas han llegado muertas a las costas de Uruguay y Brasil. Asimismo, cada año, centenares de ballenas quedan varadas y muchas de ellas mueren en las costas de Nueva Zelanda, Australia y Tasmania. Los biólogos no aciertan a explicar las causas de estos suicidios masivos de pingüinos y cetáceos. En el caso de los pingüinos algunos biólogos, como Erli Costa, de la Universidad Federal de Río de Janeiro, afirman que «el calentamiento global afecta a las corrientes oceánicas y crea ciclones, provocando que los mares sean más turbulentos»; otros que, ante la falta de comida, los pingüinos siguen los mismos cardúmenes que los pesqueros y quedan atrapados en sus redes. En el caso de las ballenas, que la contaminación acústica del mar podría desorientarlas y llevarlas a aguas poco profundas o que llegan a éstas también persiguiendo su alimento.
En cualquier caso, las corrientes marinas llevan la basura producida por los países industrializados que comen peces, tortugas, pingüinos, ballenas, etc. condenándolos indefectiblemente a la muerte por intoxicación o inanición. Las actividades industriales y agrícolas a su vez «ahogan» los mares provocando una drástica reducción estacional del oxígeno -hipoxia- cuyo impacto en la fauna aún no se conoce o al menos no se ha hecho público.
Pero por si todo esto fuera poco, los pecadores canadienses y japoneses cada año por estas épocas cumplen el cruel ritual de matar con extrema crueldad a miles y miles de focas, sin que los gobiernos actúen para frenarla. A pesar de la acción voluntariosa de no pocas personas, la dinámica del mundo parece ir por derroteros de destrucción que amenazan ya sin duda alguna la existencia de todo signo de vida, incluida la especie humana, por más que unos pocos haya puesto sus esperanzas en la colonización de otros planetas. ¿También con el mismo propósito destructor?