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RAÚL ALFONSÍN Y LA HISTORIA

El 31 de marzo, a los 82 años, murió Raúl Alfonsín, el primer presidente democrático de Argentina tras la feroz dictadura que asoló el país hasta 1983. También el primer presidente legítimo tras el golpe que en 1930 quebró el orden constitucional y abrió una larga era infame tutelada por la casta militar.
La figura de Raúl Alfonsín es la de un hombre honesto sinceramente comprometido con la defensa de los derechos humanos y con un proyecto de país, cuya realización se vio obstaculizada por la mezquindad de la clase política, la miopía de algunas organizaciones humanitarias, como la facción de Madres de Plaza de Mayo capitaneada por Eve Bonafini, el acoso de los jerarcas sindicales y la depredadora doctrina del FMI, entre otros factores.
El doctor Alfonsín encarnó sin duda a esa parte de la sociedad argentina que cree en la voluntad, el esfuerzo y, sobre todo, en la honestidad como motores de progreso. Sin embargo, durante su presidencia cometió dos graves errores, que tuvieron dramáticas consecuencias para la salud del país. Al respecto, en Breve historia de Argentina. Claves de una impotencia escribí que las condenas contra los militares responsables de crímenes durante la dictadura fueron contestadas tanto por las organizaciones de derechos humanos como por los militares y grupos ultraderechistas y que unos y otros desde sus distintas posiciones «continuaron ejerciendo una sostenida presión sobre el gobierno» de Alfonsín, quien, en soledad y sin el apoyo de la oposición peronista, la Iglesia, la burocracia sindical y de amplios sectores de su propio partido, cometió su primer error al sancionar, en diciembre de 1986, la Ley de Punto Final*, la cual, al fijar un plazo de 60 días para juzgar a los criminales, distorsionó el tempo de la justicia.
Pocos meses más tarde, en abril de 1987, un grupo de militares «carapintadas" se sublevó y los militares encargados de reducirlos se negaron a obedecer a Alfonsín, quien recibió el inesperado y espontáneo apoyo de casi medio millón de personas que se movilizó para defender las instituciones democráticas. «La casa está en orden. No habrá sangre en Argentina», dijo el presidente Alfonsín a la multitud después de dialogar con los facciosos. «Sin embargo, el presidente no confió en el apoyo civil -escribo en Breve historia...-, porque acaso pesó más en su ánimo la volubilidad de una sociedad que un día protestaba contra la dictadura militar y al día siguiente la vitoreaba por la "machada" de invadir las Malvinas». Fue entonces cuando cometió su segundo grave error al promover la sanción de la Ley de Obediencia Debida*, «que limitó la persecución de los criminales a un grupo de oficiales de alta graduación». La consecuencia de estos dos errores fue que «desactivó en la sociedad la convicción de que era posible construir un país sobre principios morales sólidos y confiar en la capacidad del Estado para ejercer la justicia». La impunidad con que los terroristas de estado habían actuado se prolongó en el ánimo de los argentinos y a su amparo la corrupción se extendió a todo el tejido social durante las presidencias del peronista Carlos Menem. «Si al menos dejaran de robar de noche, volveríamos a ser ricos», decían los argentinos. No obstante, aún con el peso de estos graves errores, la figura humana y política del doctor Raúl Alfonsín se eleva muy por encima de una mayoría política irresponsable, mezquina y desquiciada por un caudillismo que ha dividido el país en reinos de taifas y malandrines sin principios éticos ni verdaderas convicciones políticas.

* El 10 de junio de 2005, la Corte Suprema de Justicia argentina derogó por inconstitucionales y declaró «insanablemente nulas» las leyes de Punto Final y Obediencia Debida.

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