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EL VELO DE LA INTOLERANCIA

La libertad individual, pilar de las sociedades democráticas, sienta el principio de respetar y ser respetado, lo cual determina pautas de conducta condicionadas por la comprensión y la tolerancia. 

Comprender al otro significa ponerse en su lugar y tratar de ver a los demás desde su perspectiva, mientras que tolerarlo es aceptar sin compartir su modo de ver el mundo y de actuar en él. El límite de la tolerancia -ideológica, cultural, religiosa- está determinado por el bien común y el respeto de todos y cada uno de los individuos. Dentro de estas fronteras, los ciudadanos de una sociedad democrática han de ser conscientes de que una convivencia armoniosa se asienta en un pacto tácito de respeto entre los individuos. El mismo pacto que ha hecho posible el contrato social sobre el que se asientan las democracias occidentales. 
La evolución de estas democracias puede medirse en la legitimación explícita de los derechos humanos en la Declaración de las Naciones Unidas y en las cartas magnas nacionales de gran número de estados. Pero más allá de lo enunciativo y del corpus normativo, la complejidad de la realidad cotidiana plantea no pocos problemas que pueden resolverse aplicando el principio de respeto a las libertades y derechos individuales (a la vida, a la integridad personal, de expresión, de asociación, de igualdad ante la justicia, etc.). Esta aplicación sólo requiere sentido común, sensatez y coherencia de los individuos y de las instituciones, para convivir armoniosamente. 
Todos los grupos humanos tienden a buscar signos distintivos -nacionales, religiosos, políticos, deportivos, barriales, profesionales, etc.-, para reconocerse y que conllevan también hábitos y costumbres específicos. Tales signos no han de entenderse como pinturas de guerra, porque necesariamente no lo son. Son señas de identidad y como tales han de ser respetadas. 
El argumento de que el velo de la mujer musulmana debe ser prohibido porque es signo de su sometimiento es falaz, porque prohibir su uso es conculcar su derecho a usarlo. A nadie se le ocurre prohibir a un hincha  del Barcelona vestir una camiseta de este equipo en Madrid y ni siquiera en su colegio; a nadie se le ocurre prohibir que alguien lleve colgado un crucifijo del cuello porque puede ofender a un musulmán, a un budista o a un sij; a nadie se le ocurre prohibir que los jóvenes vayan a clase con un piercing en la oreja, la boca o el ombligo o con sus pantalones caídos. 
Es igualmente falaz el argumento que defiende las prohibiciones porque los países de origen de quienes llevan indumentarias identitarias son social y culturalmente intolerantes. El grado de democracia de las sociedades evolucionadas se mide por la coherencia en el reconocimiento y aplicación de sus principios fundamentales dentro de sus propias fronteras, más allá de las cuales sólo pueden procurar ejercer su influencia civilizatoria. La autoridad moral y ética de una sociedad genuinamente democrática determina que sus ciudadanos e instituciones actúen siempre de acuerdo con sus propias leyes y cultura respetando la libertad, la cultura y las tradiciones de aquellos individuos y grupos que viven en su seno independientemente de sus orígenes sociales, su raza o su religión. El límite del respeto, la comprensión y la tolerancia al otro se alcanza cuando los individuos o grupos, en nombre de sus tradiciones culturales y religiosas, atentan contra la integridad física y la dignidad de los suyos.
Imagen: Novicias católicas de la Congregación Obispo Alois hudal. Foto: FSSPX. Distrito América del Sur.

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