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EL NOMBRE DEL MERCADO


Desde la década de 1980, el concepto de mercado ha ido ganando la boca de todos alentado por los sacerdotes del neoliberalismo, los ya olvidados yuppies, los intelectuales posmodernistas, los políticos y los medios de comunicación. Ahora se impone a los gobiernos, a los estados y a los ciudadanos como una fuerza avasalladora e irresistible. Pero ¿qué o quién es el mercado? ¿Cuál es su verdadero nombre?

Paralelamente a los cambios sociales y políticos provocados por la Revolución Industrial y la Revolución francesa la idea de libertad fue desligándose de las ideas de igualdad y fraternidad en la medida que se vinculaba más y más a la actividad mercantil. La libertad, tal como se apunta ya en la Constitución estadounidense, aparece en el ideario liberal como un elemento indisociable del libre comercio y del sistema democrático. Nadie parecía reconocer, sin embargo, que éste era el huevo del capitalismo del que nacieron el neocolonialismo y el imperialismo, cuya dinámica expansionista provocó dos grandes guerras mundiales y una crisis del sistema que estalló en 1929. La ley, mejor que leyes, de los mercados había colapsado el sistema y el mundo capitalista se vio obligado a entrar en guerra para solucionarlo. Tal como ahora se están dando las llamadas guerras de baja intensidad en la que, en medio de una gran confusión, aparece el terrorismo como fantasmal enemigo. Pero ¿qué ley es esa de los mercados a la que economistas y profanos apelan con obsecuente temor?  ¿Qué terrible entidad es el mercado que a su sola mención tiemblan los estados y los superestados?
Aunque la idea no era nueva, en 1803, la famosa «ley de los mercados» fue formulada por el economista francés Jean-Baptiste Say. Según la «ley Say», como también la conocen algunos, toda oferta genera su demanda. De acuerdo con este principio es imposible una situación de superproducción y, consecuentemente, de desempleo, con lo cual el equilibrio económico está siempre garantizado. Pero para que esta condición se cumpla es necesario la total libertad de acción de los actores productivos privados y una injerencia del Estado limitada a crear mediante leyes un campo propicio para el imperio del mercado, pues éste se encarga de regular naturalmente los precios, el valor de las monedas, los salarios y el flujo de los productos en un ámbito geográfico que trasciende las fronteras nacionales (mercado). Es decir que el mercado se convierte en una entidad supranacional enquistada en el sistema democrático, cuyos mecanismos se encargan de regular las relaciones de los ciudadanos y preservar la paz.
Sin embargo, la quiebra del sistema capitalista gobernado bajo esta ley en 1929 puso de manifiesto que esta ley de mercados carecía de rigor científico, pues no consideraba otros factores, entre ellos la desigualdad de fuerzas entre los actores productivos -trabajadores y propietarios de los medios de producción, por ejemplo- y las tendencias naturales de los capitalistas a concentrar el capital para fortalecer el sistema y el control de los medios de producción. El liberal John M. Keynes percibió este error y desarrolló una doctrina en la que asignó al Estado, como entidad depositaria de la soberanía popular, el papel de regulador de las fuerzas económicas para garantizar el bienestar de los ciudadanos. EE.UU., durante la presidencia de Franklin D. Roosevelt, puso en práctica esta doctrina que se mostró eficaz no sólo para sacar al país de la gran depresión, sino también para mantener un crecimiento sostenido de su economía. 
La doctrina keynesiana fue asímismo fundamento del Estado de bienestar, el cual sirvió además, tras la Segunda Guerra Mundial y en plena Guerra Fría, como soberbio elemento propagandístico frente al bloque comunista hasta que éste empezó a dar señales de vulnerabilidad. Entonces, volvieron la viejas teorías liberales y en la Universidad de Chicago, alrededor de liberales fundamentalistas, como Milton Friedman seguidor del austríaco Friedrich Hayek, reformularon la torpe y dañina ley de Say con el llamado neoliberalismo para elevar a los altares al mercado como divinidad central del nuevo orden internacional. 
El golpe de Estado contra el presidente chileno Salvador Allende, en 1973, precedido de un «golpe de mercado», supuso el primer paso para imponer una corriente de pensamiento económico único, que tuvo sus correlatos en todos los campos de la actividad humana. Hacia 1980, con Ronald Reagan en EE.UU. y Margaret Thatcher en Gran Bretaña, el desmantelamiento neoliberal del Estado de bienestar -llamado  despectivamente Estado niñera por la Thatcher- empezó a ser un hecho y, lo que es tanto o más grave, la ideología neoliberal a contaminar y «seducir» a las clases dirigentes e intelectuales de todo el mundo desarrollado. Ningún gobierno ni partido político opuso resistencia al socavamiento del Estado. Los conservadores porque de ese modo defendían mejor sus intereses particulares, y los progresistas de izquierda porque habían perdido toda referencia ideológica. La ola de privatizaciones dejó a su paso estados anoréxicos que apenas si podían resistir la opulencia de los mercados, el libre fluir de los capitales, la multiplicación de los paraísos fiscales, y el creciente poder de los especuladores y de las corporaciones multinacionales.
En este contexto, la concentración capitalista comenzó a hacerse insoportable para el bienestar de la población, en la medida que ingentes capitales se sacaban del circuito productivo para entrar en el financiero y especulativo, que permitía un mayor control de los flujos económicos y una poderosa arma de control político de los estados. Es en esta coyuntura que estalla nuevamente la crisis sistémica, pero a diferencia de 1929, los principales estados no tienen ahora la fuerza política ni sus gobernantes la conciencia suficiente para neutralizar a los nuevos poderes fácticos que controlan la política mundial y, a golpe de bolsa, ponen en jaque a los gobiernos del mundo en nombre del mercado.
Ahora mismo, un gobierno de derechas seguirá nadando en favor de esa corriente y uno de izquierdas procurará salvar lo que se pueda del Estado de bienestar, pero ni uno ni otro tendrá oportunidad inmediata de cambiar la dinámica del sistema. Sólo la ciudadanía, mediante una acción organizada a través de los distintos sectores de actividad -médicos, maestros y profesores, alumnos, abogados, albañiles, escritores,  administrativos, etc.- pueden ir creando condiciones favorables a un cambio de tendencia en las mentalidades de la población. Un cambio que sea capaz de generar nuevas formas de relación y producción en las que los factores humanos prevalezcan sobre los estrictamente económicos, llámense éstos rentabilidad, audiencia, público lector, etc. Fórmulas en las que la acción política se emancipe de la dominación económica, pues la libertad y el bienestar de las personas siempre ha de estar por encima de la libertad «de los mercados» y de la oligarquía que los controla.

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