domingo, 11 de noviembre de 2012

LITERATURA DE ALTO CONSUMO Y BAJO CONTENIDO


En los primeros años de la segunda década del siglo XXI, la literatura constata el total divorcio entre la creación literaria y la producción editorial, como consecuencia de la deriva mercantil de la sociedad de consumo. Pero, además de los económicos, también han incidido en la conformación de este cuadro factores ideológicos de un invisible totalitarismo.

La existencia del divorcio entre la literatura como creación artística y el negocio editorial no es algo abstracto sino concreto que tanto el escritor como el lector pueden observar a simple vista.
En primer lugar vemos, como en el sector alimentario y sin olvidar que en los supermercados también se venden libros, cómo las grandes superficies, reales y virtuales, han desplazado a las librerías de libreros, quienes no pueden seguir el vertiginoso ritmo de las novedades que ocupan/desocupan sus mesas y sus estanterías. La novedad y el entretenimiento se constituyen en los pilares maestros de toda lectura y no, como en realidad son, los pilares fundamentales de la dinámica editorial del capitalismo.
En el supuesto de que se acepte el consumo como principal factor dinamizador de la economía capitalista, cabe preguntarse si es sólo este el único motivo de esta clase de producción masiva de libros de usar y tirar. Cabe preguntarse si detrás de esta motivación económica no existe otra, quizás inconsciente para los agentes directos, de convertir a los ciudadanos en animales consumidores y políticamente sumisos neutralizando y adormeciendo su capacidad para pensar e imaginar.
Llegados a este punto surge la figura del escritor no como creador sino como engranaje importante en la cadena de producción editorial, en cuyo ámbito también los editores tradicionales han sido desplazados por burócratas y mercadotécnicos a quienes no les importa el contenido del libro sino el libro como objeto de venta y consumo. En este proceso de industrialización y comercio de la creación literaria, el escritor acepta someterse a las reglas del industrialismo editorial y renuncia a su condición de creador para convertirse en un productor. Al hacerlo no cae en la cuenta de que su posición no sólo pierde prestigio sino que se hace mucho más vulnerable a una nueva y más amplia competencia profesional.
No hay que olvidar que el contexto en el que se desarrolla el capitalismo es el de la democracia y que este concepto social tan alto de libertades ciudadanas también ha sido carcomido por los intereses venales del sistema económico. En nombre de la democracia -y más ahora con el desarrollo de las nuevas tecnologías de la comunicación- se ha convencido a las masas de que cualquiera puede ser escritor. Es cierto. Cualquiera puede ser escritor de productos manufacturados que se sostienen sobre la sobrevaloración mal intencionada del argumento y de los subgéneros, pero pocos pueden ser escritores creadores. Y lo dicho de los escritores en tanto narradores también queda dicho en tanto poetas. Cualquiera puede escribir versos -después de todo un verso puede ser sólo una medida de longitud-, pero son unos pocos quienes pueden hacer poesía, simplemente porque la creación artística no atiende a los sistemas políticos sino a pulsiones más hondas que comprometen al alma humana. Por esto se les llama creadores.
Un creador produce su obra una vez que se ha asomado al abismo y ha sentido la respiración de las sombras y lo hace sin mediatizaciones de ninguna naturaleza, pues si lo hace con alguna estaría traicionando su compromiso con la verdad y estaría haciendo política, religión, ideología, etc., pero no literatura, pero no poesía. No se habla aquí ni de belleza ni de entretenimiento, sino de libertad, pues la preservación de este principio permitirá al lector potenciar su imaginación, realizar su propio viaje y encontrar las respuestas que estás más allá de las apariencias. Ser libre. Esta es la responsabilidad del escritor creador que no tiene y que el escritor productor no tiene o no le importa tener. ¿Significa esto que el escritor creador debe renunciar a vivir de lo que produce? Por supuesto que no. 
En en esta soberbia ceremonia de la confusión creada por el sistema, no son quienes sueñan con escribir su cuento, su novela o su poema los intrusos que intervienen en la competencia. Los intrusos, y a la vez ejemplos claros de la corrupción de la actividad literaria, son aquellos que, aprovechando su situación de privilegio en los medios de comunicación y tentados por los grandes grupos editoriales o su frívola vanidad, se lanzan, por sí o por redactores clandestinos, a escribir sobre sus vidas, sus intimidades, sus miserias, prolongando la basura televisiva y produciendo verdaderos ¡best sellers! Y aquí se cierra el círculo, porque el éxito de ventas -verdadero objetivo del mercantilismo editorial- constata la existencia de un comprador de algo (el libro) que quizás nunca vaya a consumir (leer), pero que guarda como un objeto sagrado porque tiene la firma o el rostro que ve cada día en su altar de plasma, por donde se ha derramado tanta miseria íntima. La mediocridad como materia viva del sistema consagra el mito popularidad.