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La «inhumanidad» del Banco Mundial

En 1944, con miras a la reconstrucción de Europa, fue creado en Bretton Woods el Banco Mundial [BM] del que formaron parte el Fondo Monetario Internacional [FMI] y el Banco Internacional para la Integración y el Desarrollo [BIRD]. Integrado en la estructura de las Naciones Unidas y superada la fase reconstructiva de la posguerra, se dispuso que los nuevos objetivos del BM fuesen los de reducir la pobreza mediante préstamos y créditos de bajo o nulo interés bancario y dar apoyos financieros a los países pobres o en «en vías de desarrollo». Estos propósitos en consonancia con los fundamentos de la ONU orientados a preservar la paz mundial y la defensa de los derechos humanos han sido y son sin embargo constantemente traicionados por el BM y las políticas aplicadas a través del FMI y el BIRD.
En el marco de la «democracia de mercado» se puede comprender que una entidad financiera, la Caixa de Pensions, por ejemplo, niegue a algunos de sus clientes un pequeño préstamo para resolver un transitorio problema de tesorería, como le está ocurriendo a numerosos autónomos en estos días de crisis. Sin embargo, esta comprensión no evita la repugnancia que provoca que las preguntas de algunas encuestas telefónicas atribuyan cualidades humanas -«inteligencia», «sensibilidad», etc.- a estas entidades. Y la repugnancia llega a la náusea cuando, como respuesta simbólica, el BM anuncia su negativa a auxiliar económicamente a Myanmar [Birmania], porque ese Estado no ha pagado las cuotas de sus créditos. Al BM no le importa nada que la población birmana esté sufriendo los terribles efectos del ciclón Nargis, que ha provocado 134.000 muertos y desaparecidos, y la negligencia, soberbia y represión de una Junta militar que controla y confisca la insuficiente ayuda internacional que consigue llegar. El BM no está para ayudar a los pobres y promover la paz, sino para salvaguardar los caudales y los intereses del capitalismo occidental.
La hipocresía se hace más sangrante cuando se constata que los «demócratas de mercado» han permitido que este país sufra una dictadura desde 1962. Ni EE.UU., autodenominado adalid de la libertad en el mundo, ni ninguna otra potencia ni por sí ni a través de la ONU han actuado para promover la institución de un régimen democrático. Ni siquiera inventándose la posesión de armas de destrucción masiva como hicieron con el régimen de Sadam Hussein en Iraq. Todos sus esfuerzos se han limitado a la concesión del premio Nobel de la Paz a la valerosa Aung San Suu Kyi y a contemplar, con fingido asombro, cómo un grupo de monjes budistas que protestaba en 2007 era apaleado y reprimido violentamente por los militares birmanos. Lo que sucede en Myanmar confirma la brutalidad de la dictadura y también la escandalosa amoralidad de sus valedores chinos, de los capitalistas occidentales y de los onerosos y débiles organismos mundiales encargados de velar por la paz y el bienestar de los ciudadanos en el mundo. [Foto: Víctimas del ciclón Nargis en el delta del Irrawady. Khin Maung Win/AFP/Getty Images]

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