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Una deuda con Jeremiah Johnson


La escritura suele ser, entre otras cosas, un testimonio de deudas. Cada personaje, paisaje o música remite a un acreedor. A finales de 1972 o principios de 1973 escribí El día en que el pueblo reventó de angustia, un cuento que dio título al libro que publiqué en septiembre de ese mismo año y que señaló para mí el camino conceptual y estético de lo que sería mi obra en adelante. En este cuento, una caravana de gente que marcha al éxodo a través del desierto es atacada por una manada de perros cimarrones:
«...Los perros empiezan a gimotear con la cola entre las patas y se meten bajo los carretones. Las mulas y los burros rebuznan y se levantan sobre las patas traseras tirando coces al vacío. Todo se confunde en medio de ladridos, carreras de ovejas que buscan refugio, mujeres que se esconden en los carros, tintinear de ollas, corcovos y hombres que corremos sin saber para qué. [...] La cosa se nos viene encima con un tropel sordo y liviano que el remolino envuelve y mezcla con un fiero ladrar salvaje: cientos, miles de perros cimarrones son un cometa de estela marrón en su acometida habrienta. Lluvias de dentelladas y golpes enrojecidos caen sobre la caravana, mientras las ovejas balan heridas o caen despedazadas, volcando sus tripas en la erosión del suelo. Algunas mulas son desatadas de sus carretas y con tremendas patadas levantan perros, que rayan el espacio con sus aullidos...»
Ahora que Sidney Pollack ha muerto vuelvo a recordar que la escritura de esta escena debe mucho al impacto emocional que me causó esa secuencia en que una manada de lobos ataca al cazador y su mula en su hermosa e inolvidable Jeremiah Johnson, magníficamente interpretada por Robert Redford. Estas deudas no se pagan, pero se agradecen.

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