sábado, 31 de enero de 2009

GOOGLE ANTE LOS DERECHOS DE AUTOR

Google parece empeñado en hacer realidad el sueño borgeano de la Biblioteca de Babel. La biblioteca «ilimitada y periódica» que existe ab aeterno. El buscador a través de su programa informático Google Books ya ha digitalizado miles de libros sin permiso con el propósito de crear una biblioteca universal. Una biblioteca infinita donde los libros -como apunta Borges a pie de página atribuyendo la observación a Letizia Álvarez de Toledo- «constan de un número infinito de hojas infinitas» y «cada hoja aparente se desdoblaría en otras análogas; la inconcebible hoja central no tendría revés».
Pero si bien el inquietante y en cierto modo perverso sueño borgeano podría cobrar forma por obra del demiurgo informático, los autores de los libros de la babélica biblioteca no son entes etéreos y, como los demás mortales, están sometidos a las exigencias de una realidad orgánica y material. Sus libros son fruto de un trabajo y éste, en el marco del sistema que ordena el mundo, debe ser remunerado. Ante la demanda interpuesta por autores y editores de EE.UU., Google se ha visto obligado a firmar un acuerdo por el que se compromete a pagar varios millones de dólares a modo de anticipo de derechos y beneficios publicitarios. Este acuerdo, según informan la Federación de Editores de España y CEDRO, tendrá repercusiones directas entre los autores españoles, quienes pueden, en caso de verse afectados pueden iniciar sus trámites de reclamación antes del 27 de febrero.
Pero más allá de estas «vindicaciones», la existencia de una vasta biblioteca virtual ya ha empezado a acelerar la circulación del conocimiento, en la misma medida que el lenguaje se simplifica y las palabras que resisten en un léxico anoréxico pierden su sentido. La pregunta es si es suficiente el acceso al conocimiento sin enseñanza, sin herramientas para digerirlo intelectualmente, para acrecentar el saber de la humanidad. Por lo pronto, como el bibliotecario borgeano, yo también he visto «jóvenes [que] se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra».