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ISRAEL, EL MIEDO Y EL ERROR

Mucho antes de que se convirtieran en Israel, los hebreos conocieron el miedo y éste les caló hasta las entrañas. Una amenaza de muerte los obligó al destierro y al olvido de su patria, Ur, y los abocó a la conquista de la Tierra Prometida.
Tras muchos siglos de arduas peripecias, Israel logró asentarse en ella, aunque nunca la conquistaron realmente del todo. Auto ungido «pueblo de dios», nunca consiguió el amor de sus vecinos, y no sin contradicciones y luchas fratricidas pudo crear un reino, que en tiempos de Salomón, el tolerante rey sabio, alcanzó su máxima extensión. Pero el miedo a dios, a sí mismo y a sus vecinos, seguía latiendo en el corazón de Israel.
Ahora ese miedo tiene datos concretos: el crecimiento demográfico de los árabes, en particular de los palestinos, la agresividad de los grupos islamistas -Hamás, Hezbolá, etc.- y la nuclearización de Irán, fortalecido tras la estúpida invasión de Iraq. El miedo ha creado y alimentado esas criaturas del terror que hoy, verdaderamente, amenazan a Israel.
Pero Israel no responde a este peligro, sino a la amenaza de su propio miedo que cree inherente a su identidad y por esto le parece natural responder con esa furia y ese resentimiento ancestrales, desmedidos, que nacen de la intolerancia, de la incapacidad para aceptar y reconocerse en el otro. Este es el trágico error que corrompe a muchas almas buenas.
La ultraderecha militarista que gobierna en connivencia con el judaísmo ultraortodoxo ha cerrado el corazón de Israel y sólo el odio late en él. «¡Anatema!». Como en los tiempos de Nuevo Testamento, sólo cabe la aniquilación del enemigo. «Ningún ser humano consagrado [a Yahveh] como anatema podrá ser rescatado; deberá morir».(Lv. 27,28).
El miedo ha extendido también el campo semántico de la palabra «holocausto» (sacrificio cultual) y lo ha sembrado de minas con la inmoral aquiescencia de las grandes potencias del mundo. Los palestinos y sus aliados no son inocentes, pero esto no justifica el crimen. En estos momentos sólo se me ocurre pedir que apartemos del horror a estos pueblos débiles y temerosos, que les ayudemos a hallar la paz.

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