martes, 5 de abril de 2011

«LOST» EN ARGENTINA


Los casi tres meses que este Cuaderno de notas ha permanecido en silencio se ha debido a que su autor estuvo perdido durante ese tiempo en Argentina, su tierra natal. Los efectos emocionales que sustentan la trama afectiva y la red de contradicciones que trazan el país como un vasto laberinto hacían imposible cualquier intento de escritura.

Más allá de los lazos familiares, los argentinos crean enseguida una atmósfera afectiva que arropa y desarma al visitante quien, parafraseando a Hemingway, exclama «¡Argentina es una fiesta!». Pero cruzado el umbral que separa el afecto de la vida cotidiana se descubren los mil caminos del laberinto, ese que Borges llamó "el jardín de los senderos que se bifurcan». Un camino bordeado de espejos, en el que los argentinos se ven a sí mismos y cuando topan con un viajero le formulan la misma pregunta «¿cómo nos ven en el extranjero?», porque ni siquiera creen en su propia imagen.
La economía argentina es aparentemente boyante y, hoy por hoy se sustenta, en el boom sojero, generador a su vez del boom del ladrillo. Esta euforia especular distorsiona y altera profundamente la economía nacional y compromete seriamente su futuro. No sólo porque la soja ha desplazado a otros cultivos (trigo, cebada, maíz, girasol, etc.) y a la ganadería (razón por la cual el típico asado va resultando prohibitivo para la mayoría), sino porque la producción y la industria agropecuarias han pasado a manos de compañías multinacionales. Estas compañías, al igual que la soja, han desplazado mediante jugosos arriendos a los propietarios de la tierra, y sin nada más a los apareceros y peones empleando para el cultivo el sistema de «trabajo esclavo», levando para tal fin a pobres campesinos del norte del país, así como de Bolivia y Paraguay.
El sistema impositivo es extremadamente frágil. Miles de personas, incluidos funcionarios públicos, trabajan en negro, millones se las arreglan para evadir impuestos y otros millones que desean pagarlos se encuentran con mil trabas, como hacer una cola en las oficinas impositivas para conocer las cifras a pagar y otra cola en algún banco para hacer efectivo el pago. También el pago de la luz, el agua, el teléfono, etc. requiere largas colas y pérdidas de tiempo, sin contar las deficiencias en la prestación del servicio y la atención al público.
Tampoco es brillante el sistema político. El proceso de peronización de la sociedad argentina se ha consumado por completo. Toda la sociedad es política o culturalmente peronista. Es obvio que los peores ticts del caudillismo se han naturalizado hasta el punto de que los gestos de autoritarismo apenas se notan. El gobierno populista, para reforzar su poder, no duda en darle a sus «descamisados» subsidios, milanesas y pescados «para todos» a fin de asegurar un voto cautivo, en lugar de emprender políticas de trabajo y educación que eleven su condición social. El populismo tiene los mismos efectos que la soja. Al hacer del «pueblo» el totem social y elevar a esta categoría al lumpen, al desarraigado, no hace sino desertizar el campo cultural y laboral de la sociedad argentina en detrimento de la enseñanza, el conocimiento y la responsabilidad como factores de progreso. 
La clase política no tiene sentido de estado y ve las instituciones como cotos de sus intereses privados divorciados de la ciudadanía. Su discurso, violento y excluyente, no propicia el entendimiento y el consenso necesarios para la extensión de la democracia. Hasta los muertos por la dictadura y los derechos humanos son utilizados como patrimonio particular, al tiempo que la mafia sindical sigue actuando con total impunidad, enriqueciéndose y con el poder suficiente como para paralizar el país cuando uno de sus capos se ve amenazado por la Justicia. 
Los caminos del laberinto argentino son muchos y seguirlos es perderse en callejones sin salida. Sin embargo, cuando se mira con el instinto de pertenencia y el observador se reconoce, o cree reconocerse, en su espejo, encuentra razón en esa letra que escribió Cacho Castaña: Si vieras qué linda está Argentina, tiene la mirada de la primera novia que nunca se olvida, desde los balcones llueven las glicinias y, a pesar de todo, camina y camina, si vieras qué grande y qué linda está mi Argentina. Tampoco el viajero afectivo puede escapar de la contradicción.