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Ian Fleming, el papá de James Bond




Ian Fleming, que murió en 1964, hubiese cumplido ahora cien años. Quiso ser diplomático, pero acabó siendo periodista -corresponsal de la agencia Reuter en Moscú- y cumpliendo el servicio militar en el departamento de inteligencia de la marina británica. Tenía cuarenta y cinco años cuando inició su carrera literaria con Casino Royale, la primera de sus doce novelas y nueve cuentos, con James Bond de protagonista.
Bond, James Bond, el agente secreto 007, código que le daba licencia para matar, se convirtió enseguida, y en gran medida gracias al cine, en el arquetipo del héroe de la guerra fría. A diferencia de George Smiley, el espía de John Le Carré, y los imaginados por Graham Green en El tercer hombre o en Nuestro hombre en La Habana, por ejemplo, el personaje de Fleming no pierde el sueño por conflictos de conciencia. James Bond es -pienso en Robert Musil- un hombre sin atributos, sobre todo morales, que encarna a la perfección la naturaleza de un sistema de poder cada vez más deshumanizado. Curiosamente, Fleming tenía como libro de cabecera Profiles in Courage, un tratado moral y ético de cinco políticos estadounidenses escrito por John Kennedy.
Probablemente los libros de Ian Fleming no hubieran trascendido el éxito comercial que tuvieron en su momento, si sus adaptaciones al cine no hubiesen dado espectacularidad a sus tramas sencillas y lineales, y al personaje una proyección pública que contribuyó decisivamente a su mitificación. Desde la sorprendente El satánico Dr. No (1962), el carácter amoral y cínico de un Bond tan implacable como simpático y seductor caló en el imaginario de un público que ya empezaba a percibir la soterrada lucha por el espacio vital en el corazón de la sociedad de consumo. Una sociedad que no tardará en ser dominada por las doctrinas neoliberal y de seguridad nacional. La primera que interpreta el mundo sólo en clave de beneficios económicos y que es defendida por ejércitos de yuppies (Young urban professional) y brokers empresariales y financieros, y la segunda que convierte los países en cotos satélites de Estados Unidos, encargados de proporcionar desde su antigua Escuela de las Américas bandas de torturadores a las dictaduras afines, sobre todo latinoamericanas, que se ocuparon de someter a la opinión pública y asegurar el dominio ideológico y económico del capital.
Sin duda, el gran acierto de Ian Fleming fue prefigurar en su James Bond al individuo insolidario y de conciencia blindada de la posmodernidad. [Arriba, Ian Fleming; abajo, Antonio Tello con Roger Moore durante el rodaje de Moonraker, en Río de Janeiro, en 1979]

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