lunes, 24 de marzo de 2008

LA MUERTE [IN] DIGNA DE CRISTO


Como seres finitos que somos, la muerte forma parte de la vida. Sin embargo, el temor a la muerte es parte de la naturaleza humana, porque en lo más profundo de nuestra conciencia ignoramos las respuestas primordiales que, quizás, aliviarían esa angustia existencial que nos extranjeriza del mundo. Ante esta realidad, las religiones han actuado como un portentoso sistema paliativo contra ese temor atávico. Al corazón de este sistema -llamémosle Dios- acude Jesús en su agonía, cuando como hombre siente el insoportable dolor de la muerte próxima. «Abbá, Padre, todo es posible para ti; aparta de mi esta copa, pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú.» (Mc. 14, 36), dice primero, pero ya en la cruz grita «¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?» (Mt. 27, 46).

En el contexto ideológico judeo-cristiano, la suya es una muerte necesaria para salvar el mundo del pecado, es decir, del mal. Pero esta supuesta necesidad de un sacrificio capital es lo que contamina de barbarie el origen del cristianismo y contradice lo más valioso de la prédica de Jesús, la idea del amor al prójimo como forma de convivencia entre los seres humanos.

La humillación pública y la tortura no dignifican la muerte de ningún ser humano y, Jesús, de haber existido históricamente hablando, lo era. El ritual cristiano de la Pasión debería servir para señalar la indignidad de la violencia y no como mero -y obsceno- espectáculo turístico. Sin embargo, sumos sacerdotes, como el arzobispo emérito de Pamplona, Fernando Sebastián, prefieren utilizarlo para hacer propaganda de su insensibilidad e ignorancia. La misma que mostraron algunos miembros del Sanedrín cuando condenaron a Jesús. Él no sólo hubiera identificado el dolor con el mal, sino que hubiera defendido los cuidados paliativos y la muerte para evitar el sufrimiento como formas de amor al prójimo.[Imagen: Personificación de Cristo en La pasión según San Mateo, de Pier Paolo Pasolini]