martes, 17 de mayo de 2011

EL SEXO CORROMPE A LOS ÁNGELES


El beato Juan Pablo II camino de la santidad
El Vaticano espera que el papa Juan Pablo II haga un segundo milagro para convertirlo en santo. Nunca antes en la historia, la Iglesia católica había tenido tanta prisa en completar el proceso de santificación y menos con un personaje tan controvertido como lo fue el polaco Wojtyla.

Angelo Amato, prefecto de la Congregación para la causa de los santos, ha declarado que a sus oficinas llegan  de todo el mundo noticias diarias de nuevos milagros de Karol Wojtyla, que los teólogos investigan para santificarlo cuanto antes. Cuestionar la naturaleza de estos milagros, el proceso de santificación y cualesquiera otras actuaciones de una creencia religiosa, en este caso la del cristianismo católico, no parece procedente. Toda creencia en un ser superior es una cuestión de fe y como tal respetable porque la fe en ese ser alivia  al creyente de la angustia que provoca la idea de la muerte. 
Sin embargo, en una sociedad laica, tanto creyentes de cualquier confesión como profanos, pueden y deben cuestionar las actuaciones de los distintos aparatos religiosos que conllevan una desvirtuación flagrante de los valores éticos que han de regir en bien de la convivencia y el respeto mutuo que se deben las personas. Desde este punto de vista, la beatificación del Juan Pablo II constituye una desvergonzada falta de respeto a los ciudadanos en general y a los cristianos en particular. 
La beatificación de Juan Pablo II, quien no reúne las condiciones exigibles a un santo, forma parte de la lucha por el control del poder entre distintas corrientes de la Iglesia católica. Esto explicaría que se eleve a los cielos a un hombre que, en el desempeño de su pontificado, se alió con la mafia italiana -relaciones del IOR, el banco vaticano, con la Cosa Nostra- para financiar su particular lucha contra el comunismo, y se valiera para este mismo fin de organizaciones fundamentalistas católicas - Opus Dei, Comunión y Liberación y Legionarios de Cristo-, y dictadores sanguinarios, como Pinochet, Videla, etc.. Esto explicaría que se eleve a los cielos a quien protegió y distinguió con su amistad -Marcial Maciel- a cientos de curas pederastas que carcomían la integridad moral y la salud sicológica de cientos de jóvenes creyentes. Muchos pueden decir que el sexo y el dinero habían corrompidos a unos pocos ángeles del Señor. Sin embargo, no basta el arrepentimiento ni el perdón para resarcir el daño causado en el espíritu del creyente sincero, ese que necesita de la fe para afrontar su angustia existencial. La responsabilidad de todas las religiones es constituirse en faros espirituales y éticos incorruptibles, porque de ellas depende la felicidad de gran parte del género humano.