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LA NÁUSEA

Júbilo popular en EE.UU. por la muerte del terrorista Osama Bin Laden
La crisis económico-financiera mundial no tiene su origen tanto en factores inherentes a la mecánica económica como a otros atribuibles a la degradación de los valores éticos que sustentan toda civilización. Basta con observar el comportamiento de cierto vecino, de algún compañero de trabajo o de ciertos entrenadores o clubes de fútbol para constatar que algo grave está sucediendo en el mundo y que amenaza la continuidad de la vida.

El alemán Alfred Weber sostenía que, en las sociedades tradicionales, la conducta ética de los individuos era determinante para el progreso científico y tecnológico y, consecuentemente, para el bienestar general. Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, el existencialismo filosófico ofreció un, digámoslo así, método para explicar la incomodidad que muchos sentían ante la confrontación ideológica de la posguerra y los nuevos hábitos y costumbres que se iban generando. Albert Camus expresó magníficamente ese malestar en El extranjero, pero fue Jean-Paul Sartre quién desde el título de su novela lo definiría con precisión: La náusea.
El síntoma de la náusea -orgánico y existencial- trastorna la vida de cada uno y lo extraña de un mundo trasegado por la consagración de la violencia, la corrupción, la injusticia social, la manipulación, el terror, la mentira y la venganza como sistema. En los últimos días asistimos con perplejidad al anuncio de la muerte de un terrorista y a los festejos populares, a la insidia de una presidenta autonómica española sobre la autoría de la matanza del 11-M en Madrid, a la santificación de un papa que cobijó a pederastas y se alió a la mafia para combatir el comunismo, a los escandalosos sueldos de los directivos de los bancos y así hasta conformar un extenso memorial de agravios contra la paz, la verdad y la convivencia entre las personas. 
Si Occidente ha desarrollado el concepto de derechos humanos ¿pueden sus líderes decir que se ha hecho justicia matando a un terrorista en lugar de apresarlo -como parece que se pudo hacer- y juzgarlo para ejemplificar la bondad del sistema y el respeto a la condición humana? ¿Se puede justificar la «técnica de interrogatorio mejorada», como llaman a un método de tortura, para alcanzar la justicia? ¿Pueden los corruptos hacer de la mentira una verdad para sus propios fines? Del mismo modo que Joseph Conrad hacía decir a su protagonista de En el corazón de las tinieblas, ¡el horror, el horror!, muchos ahora podríamos repetir asqueados, ¡la náusea, la náusea!

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