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Comunidad de infames

No se equivocaba Kafka al describirlos [ver su segundo relato]. Estos hijos de la discordia -los Rajoy, Acebes, Zaplana, Aguirre, Aznar y demás- insisten en hacer realidad la aspiración de la mentira a convertirse en verdad. Por esto, emulando a ese soberbio infame que fue Goebbels, la repiten y la repiten hasta la saciedad. Siembran infundios, niegan las evidencias, cuestionan las instituciones, contaminan la convivencia, se apropian indebidamente de los símbolos nacionales, insultan y roban sin desmayo.
Mientras se presentan como adalides de la ética y el progreso, la retrógrada voz de los infames, de los hijos de la gran discordia, no es propicia para el habla, sino para graznido o rebuzno. Y así, al graznar y al rebuznar, proyectan sobre los otros sus propias miserias morales jaleados por sus corifeos y sus obispos. Ah, éstos, los obispos. Infames zánganos del avispero, hijos de huevos infecundos, tan ocupados en aguijonear a sus acólitos y dispensarles bendiciones al tiempo que sus lozanas obreras gimotean por el aire su veneno.
La comunidad de infames cree que golpeándose el tambor del pecho ganará el cielo, pero cuando los infames den en éste el aldabonazo para entrar, como dice Kafka, «caerán en picado como bloques de hormigón». Por mi parte, como no creo en los paraísos celestiales, espero que eso suceda mucho antes. Por el propio peso de la infamia.

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