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¡Usted, perdone!


El lenguaje de la sociedad posmoderna constituye la modulación de una jerigonza colectiva que nada dice. Ante el espíritu de libertad total formulado por Hegel, para definir el proceso iniciado por la Ilustración en el siglo XVIII, el poder ha reaccionado oponiendo el control social a través de lo que algunos llaman «pensamiento único». Una fórmula de dominio que se verifica, entre otras formas, a través de un lenguaje eufemístico que tiende a vulgarizar el proceder humano y a degradar el sentido de los valores éticos que han de regir la vida de los ciudadanos.
En este contexto, pedir perdón ya no expresa una postura moral, sino una acomodación oportunista al orden social establecido. Se pide y se exige perdón sin conciencia de responsabilidad por los males cometidos. La Iglesia pide perdón por si ha cometido algún error durante la Guerra Civil, el Ejército argentino pide perdón por los «excesos cometidos durante el Proceso», es decir la dictadura, la señora de un juez pide perdón por si ha ofendido a alguien sin querer.
Como los católicos que se confiesan y piden perdón por pecados que volverán a cometer al día siguiente, quienes piden perdón lo hacen con sentimiento de autoexculpación, sin esperar a que el ofendido, el dañado, el perjudicado lo conceda o deniegue. Así, el lenguaje del perdón ha sido convertido en un farfullo vacuo que no expresa la toma de conciencia de la culpa y el sincero arrepentimiento que haga posible -y no necesariamente efectiva- la exculpación que el agresor, el asesino, el torturador, el ofensor, etc. solicita. [Ilust. Mundo inmundo, Topor, Editorial Planeta]

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